Sunday, March 22, 2015

Interestellar (La película)

Por Ignacio T. Granados Herrera

El sentido común reza que cuando usted quiere ser una cosa sencillamente es porque no lo es, y en esa obviedad reside la frustración de Interestelar; un filme que se viene anunciando desde hace rato con vastos presupuestos y un elenco que de icónico sólo tiene los coprotagónicos, así como cuenta con el renovado interés público por las ciencias. Por orden, el estelar de Matthew McConaughey es frustrante, pues eleva las expectativas para luego acabar con ellas; es decir, parecía que iba a ser reivindicado de esos papeles habituales suyos como héroe de comedia de situaciones con un dramático de peso, que sin embargo termina perdiendo la espectacularidad dramática en el efectismo de Hollywood. De hecho, ese sería todo y el grave problema de la película, su efectismo recurrente, devaluando desde el mismo inicio de las pretensiones de trascendencia estética; porque, aludiendo a eso de que se quiere ser lo que no se es, la película cae en intertextualidades de homenaje con la soberbia Solaris del cine ruso y 2001 una odisea del espacio de Stanley Kubrick; pero sin que Christopher Nolan se acerque ni a las mil leguas de Andrei Tarskovsky ni a la compleja gracia de Stanley Kubrick, no importa los escenarios grandiosos que se gasta en el intento; y de hecho, el pobre Nolan no se acerca ni a sí mismo, comparado con la riqueza y la complejidad que lograra con Incepción, en la que podía integrar menos ofensivamente la fatuidad del Thriller hollywoodense.

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El elenco en general no es extraordinario sino que calza la mediocridad McConaughey con la ganancia segura de Michael Caine y una bien cotizada Anne Hathaway; y el resto de las actuaciones van de decente a buena, y eventualmente muy buena, excepto por ese tic que hace al McConaughey más predecible que la pronunciación de su apellido. El drama es bastante forzado con sus pretensiones filosóficamente existenciales, lo que no sería grave en principio; pero pretende explotar esa vastedad de sus escenarios en el mismo sentido que lo hicieran Kubrick y Tarskovsky —que es de lo que resulta el homenaje y el intertexto—, para terminar como una fábula lacrimógena sobre el poder redentor del amor. Justo por eso se atreve a distorsiones que lo afectan en su dramaturgia, en un esfuerzo por explotar el sentido dramático de la paradoja; que fue más efectivo en Incepción, puede que por su naturaleza geométrica y desinteresada en el alambique de un existencialismo redentorista. Grave entonces lo que pretendió graciosa paradoja, como el juego burdo del nudo espacio temporal que se crea a sí mismo; planteando una realidad paralela sin causa probable, con la peculiaridad en contra de que no tiene asidero lógico. A partir de ahí, se trata entonces de un mero derroche de capitales del que sólo se puede permitir el Hollywood que cree que todo es escenario; arrastrando tanto talento al despilfarro en una mega producción que seguro que los participantes esconderán de sus currículos con la excepción de McConaughey —claro—, que es más predecible que la pronunciación de su apellido.

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