La civilización de qué espectáculo
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Poniéndolo en perspectiva, la situación de Vargas Llosa es bastante
precaria aunque parezca luminosa; como San Agustín cerró la patrística
cristiana, el cierra la apoteosis de la Modernidad en literatura, sobre todo en
lo que respecta a prestigio político. Vargas Llosa se forma en el mundo de los
libros impresos, bastante misterioso para su entorno y aureolado por la
fastuosidad de aquellas inteligencias fáusticas; su juventud como escritor
conoció el éxito, cuando el éxito tenía sentido y era creíble, y como parte además
de un género destinado a figurar en toda historia de la literatura
contemporánea. No es poco codearse con honoré de Balzac, Víctor Hugo y
Dostoievski, entre otros tantos muchos; no es poco gozar el golpe de adrenalina
con que se cruzan las fronteras entre literatura y periodismo, y la escritura
funcional es un atrevimiento joven y lleno de belleza; no es poco llegar a ser
un clásico entre clásicos, y amonestar la corrupción política desde los
pedestales marmóreos de la diosa Razón.
Lo que es triste es ser el último en conseguirlo, porque ya
ocurrió el diluvio y se queda poco más o menos como mono de feria; porque
resulta que la gente no se interesó más en los misterios literarios, sino que
descubrieron que después de todo el misterio no es tan misterioso, y las
profanaciones ocurren ya sin cuenta ni sonrojo. Con menos dignidad que San
Agustín, Vargas Llosa protesta por el estropicio, como si él no hubiera
contribuido al mismo. Ocurrió internet como el meteorito a los dinosaurios, y
la gente puede entretenerse con sus propias banalidades en vez de pagar por las
ajenas; cambió el mercado del libro, el capitalismo corporativo tiene pérdidas
en la industria editorial, y bueno… los Honoris Causa ya son un relajito.
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