Sunday, April 14, 2013

La paradoja de los treinta y seis perfectos.



Una documentalista se asombraba una vez de que Lezama Lima fuera publicado en Cuba en pleno ostracismo, y que incluso fuera tan conocido; como si lo de la censura no fuera cierto, cuando de hecho, y teniendo en cuenta las dificultades de su llamado culteranismo, era incluso relativamente popular. Era difícil de entender esa peculiaridad de la censura en Cuba, que de tan desorganizada y mezquina resultaba porosa y violada de continuo; porque el hombre en su cultura, como la naturaleza, se impone siempre con la creatividad de sus individuos, al menos de los que no se resignan. 

Es así que en la cultura cubana Rosa Fornés pudo seguir triunfando con su entonces decadentismo, y Celia Cruz y Meme Solís no perdieron ni un ápice de popularidad; más aún, la población cubana se abrió y acogió con entusiasmo el triunfo de sus hijos der allende el estrecho, como Gloria Estefan y Willy Chirino, que increíblemente arrasaban allá con cada nuevo disco aquí. Es decir, contra toda la intención y el poder efectivo del gobierno y sus programas, los ídolos de la cultura popular recibían culto y hasta se renovaban; aún si es cierto que ni Virgilio Piñera ni Rodríguez Feo vivían una vida glamorosa, la gente que era su público los conocía y los veneraba de modo efectivo; cosa que se agrava ahora, cuando el descrédito ideológico y la necesidad de liberar capitales ha dado permiso a esa gente para ser superficial e indolente.

Borges [Jorge Luis] recordaba la tradición de los treinta y seis perfectos, que con su virtud sostienen al
mundo y lo protegen de la cólera de Dios; si Meme Solís hubiera ido a Cuba cuando lo invitaron a su homenaje, hubiera sido una reivindicación de ese público suyo que como los perfectos mantuvieron su culto como una virtud propia y a pesar del poder del gobierno; porque no era ese gobierno quien lo homenajeaba sino la fuerza de esos seguidores suyos, que al fin lograban poner una pica en Flandes. Lo más probable es que si eso hubiera pasado con Celia Cruz tampoco hubiera ido, diz que por integridad y consecuencia; como si ellos hubieran podido mantenerse solos y no en el afecto de esos seguidores, que son los que reciben el baldazo helado en el justo centro de su virtud, que es entonces como una perfección inocua.

No es ni siquiera culpa de ellos sino de los que los secuestran con discursos inflamados y retóricos y los manipulan con su propio extremismo; no les dejan ver que tras las alambradas la gente vive, que no por gusto se trata de guerra [aún] fría y no de una candente conflagración frontal, y que precisamente cuentan con la ventaja de la asimetría.  Desconsideraciones como esas enfrentaron a una diva como la Guillot con el siniestro de Alarcón en un debate de burlas por lo desventajoso; cuando lo lógico hubiera sido enfrentar al alfil cubano con piezas de su calibre retórico y bagaje político, como Carlos Alberto Montaner o Rafael Rojas, negándose de lo contrario al juego. La obstinación sigue jugando al enfrentamiento inútil, cuando debiera apelar de una buena vez a su ventaja de la asimetría; a fin de cuentas la primera implosión —siquiera contenida— política cuando el Mariel se debió al primer diálogo con el exilio y no a los planes estratégicos de sus guerrillas urbanas ni a sus discursos… a menos que, como aquellos, de lo que se trate sea de seguir viviendo, que el orden convenido no deja de ser atractivo en su estabilidad.

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