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Sunday, October 20, 2024

Así habla el tío, reseña introductoria

Este catauro mayor de Jean Prince-Mars fue publicado por el Memorias del tintero, explicando su función sintetizadora; por la que aún con valor político, es en verdad una comprensión de la política en su valor antropológico, no ideológico. Eso la establece ya como la actualización y adecuación de todas las referencias en este sentido, desde Antenor Firmín; que las establece como principios mismos del humanismo, pero que Mars aplica a la singularidad haitiana.

En ambos extremos está el desarrollo de esa comprensión de lo negro como naturaleza, en la Negritud como posibilidad; que propia de Occidente, es adecuada en sus excesos idealistas, por la practicidad realista de la cosmología africana. Hay que tener cuidado con esto, pues hay muchas acepciones de Realismo, la mayoría de corte fiolo materialista; pero aquí la noción de realismo se refiere a la realidad —o lo real— como último de toda reflexión, distinta de su determinación trascendente. Es de ahí que se entiende a esa cosmología negra como un nuevo pragmatismo, pero ya práctico en el realismo; no idealista, como esa falta de Dasein de la tradición que opone en su incorporación, como occidental.

Mars comienza su tratado con preguntándose si el cuerpo de las tradiciones haitianas son propias o asimiladas; esto le permitiría establecer qué tan consistente es esa singularidad de su cultura, y por tanto du valor, si alguno. El libro se propone entonces una indagación, que permite este desarrollo probabilista del realismo, en su acercamiento pragmático; evitando los errores del positivismo extremo, que no diferencia entre apariencia y realidad, o de hecho disuelve a la una en la otra.

Por supuesto, nada de eso es posible si se ignora esa densa extensión de la ilustración haitiana coronada por Mars; sobre todo si se parte de un acercamiento condicionado como el de René Depestre, que precisamente despide a la Negritud. Pero eso tampoco tiene la fatalidad insuperable del oráculo, pues Depestre es sólo un muro ideológico y no filosófico; más allá de él, el arcoíris del comunismo disuelve su ilusión óptica en la realidad haitiana, y esta es narrada por Mars, no por él.

El análisis de Mars es agudo, usa un principio de discriminación en vez de suma infinita para organizar este cuerpo; partiendo de una exigencia de racionalidad idealista (Leibniz), que le garantice la de su comprensión de lo real. Es este el tipo de sutilezas que resuelve el culturalismo como realismo práctico, en su pragmatismo reflexivo; el aporte de Mars es así de corte filosófico, con la adecuación del pragmatismo trascendental (Peirce) en Du Bois; que ya aquí es inmanencialista, y con ello más eficiente en su probabilismo, como base realista del pensamiento negro.

Al racionalizar este cuerpo de tradiciones como folklore, Mars distingue el análisis de las masas del de las élites; optando obviamente por el popular, que en su pragmatismo extrae el desiderátum de toda tradición, incluso las ajenas; apropiadas en su practicidad y no por su necesidad aparente, en una función entonces existencial antes que política. La negritud es importante aquí, porque es esa cosmología africana —no el idealismo— lo que permite este realismo; esta es lo que pervive en la tradición, y no —aclara Mars— como vestigio del pasado, sino en la actualización de los principios funcionales de la estructura social, como cultura.

El defecto occidental es desconocer esta naturaleza cultural, resolviendo dicha estructura en su expresión política como determinación; con lo que provoca la crisis del humanismo moderno, desde su origen en el cristianismo medieval, que invierte ese orden. La ilustración haitiana —como de la negritud— es el esfuerzo por revertir este desorden, que es la entropía de Occidente; con una renovación de su estructura, con esa contracción a los principios funcionales en que se organiza.

Monday, February 13, 2023

Intuir la forma que no tiene medida, de Francisco Muñoz Soler

Francisco Muñoz Soler
Un poemario es ya en rigor una antología, pero tiene la ventaja de una pretensión de unidad dramática; que en el esfuerzo mismo convierte el libro en un poema, en ese sentido descomunal del gesto de Dios. Solo esa grandilocuencia puede explicar este otro gesto, aparentemente menor, de Intuir la forma que no tiene medida; un poemario breve, recreado en la levedad de la imagen poética, pero con la densidad moral del aforismo.

Uno de los errores más recurrentes de la literatura contemporánea, es esa intensión de magisterio; ese querer decir algo, que desdice la ambigüedad del arte en su objetividad. Ese, sin embargo, no es el caso de este libro de Francisco Muñoz Soler, en que el magisterio es sobrepasado por la displicencia; así, como otro valor formal, ese otro gesto retiene la levedad original de la imagen, contra el peso de la densidad moral.

Se trata por tanto de un libro difícil, cuya dificultad es la naturaleza que une al lector con el escritor; haciendo que esta belleza de la imagen llegue al paladar de la mente con el regusto, en un segundo momento. Eso es interesante, cuando ya el primer momento del gusto es suficiente, con imágenes inesperadamente directas; cuya racionalidad la hace sorprendente en la poesía, normalmente supeditada al mito de la violencia irracional.

Cualquiera que conozca la poesía de Muñoz Soler, sabe que no responde a ese mito de violencia irracional; pero tampoco esperaría esta otra densidad aforística, de monje que amonesta con la belleza de Dios. Es difícil ser original en la literatura contemporánea, que parece haber agotado las formas; pero probablemente el secreto de Marín esté en la autenticidad, que no desconoce la sencillez.

Eso sí, que nadie busque aquí arabescos ni florilegios, porque esta poesía es hiper contemporánea; descansando en un aire prosado, como de oración continua y en susurro, recitativa pero prosada. Esto confirma que la contemporaneidad sí tiene sentido propio, y no tiene nada que ver con la bastedad; sino que se sustenta en su propia poética, como una reflexión calmada, en que el hombre se piensa y descubre a sí mismo.

El libro se divide en secciones, que van de lo interno a lo externo, pero manteniéndose siempre personal; con esa característica criticada en la incomprensión del, que canaliza la reflexión ontológica en la contemporaneidad. Son cinco secciones, que —como horas de monje medieval— se adentran en la naturaleza de la vida y de las cosas; y aprovecha ese tempo especial de la poesía prosada, para cuestionar toda realidad en su profundo dramatismo.

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Es sin dudas de una derivación de aquella osadía de los poemas en prosa, con que Baudelaire revitalizara la poesía; ahora como una culminación, que cierra la parábola del tiempo de una punta a la otra de la modernidad. Con la sobriedad que le fuera negada a Baudelaire —venía de los románticos—, Soler le otorga sentido en su neoclasicismo; para conseguir así una arquitectura contemporánea, que se luce en su sobriedad por lo funcional.

El autor quizás podría jugar un poco más libremente con su fraseo, extremadamente culto; ya que a pesar de esa placidez de la imagen, recurre a vocablos un poco áridos, con demasiada textura para sus imágenes. Pero eso probablemente sea inevitable, pues el entorno mismo del autor —del que toma sus referencias— es culto; sin que pierda por eso la función existencial de lo humano, rompiendo el otro mito de la poesía culta en este valor reflexivo.

Francisco Muñoz Soler es un experimentado autor, conocido por no entregarse a los simple florilegios poéticos; sino que con más de veinte títulos —incluyendo antologías personales— ha sido también traducido a unos siete idiomas. Nacido en Málaga (España) en 1957, se define como un autor con ansias metafísicas, que explican el vuelo místico a la vez que moral de sus reflexiones; una dualidad especial, que lo separa —estoica como una columna en medio de un páramo— en esa verticalidad que lo define en su poesía.


Monday, January 31, 2022

Poética de Francisco Muñoz Soler

La diferencia entre las culturas oriental y occidental es tan abismal, que sólo puede suscitar equívocos y ambivalencias; incomprensiones que no resuelven sino complican los mil matices que las relacionan, por esos mismos equívocos. Es de ese modo natural que, a la riqueza verbal de la expresión artística de Occidente, la atraiga la parquedad oriental; sin que se sepa mucho de la relación inversa, desde que esta preocupación es propia de esa misma riqueza verbal de Occidente.

En todo caso, esto explica los casos intermedios, en que el verbo occidental deviene calmo por la fuerza reflexiva de Oriente; en figuras como Jalil Gibran, que rebasa las fronteras del aforismo con la belleza de los excesos gratuitos que encontrará el modernismo europeo. Ese es el caso de una poesía como la de Francisco Muñoz Soler, como no puede ser de otro modo además; no porque él participe de esa ambivalencia formal, sino que la porta y la crea en sí mismo, en su propia naturaleza.

A saber, Muños Soler no es sólo una sensibilidad poética, sino que es original y fresco en su poética; puede que porque provenga de los farragosos archivos de la lengua, no exactamente de una alegre sensualidad. Eso no significa que sea adusto y serio sino más reflexivo, cobrando esa densidad que sólo encontramos en los orientales; a los que sin dudas no desconoce, sino que probablemente comprenda mejor en su propio sentido, por estos otros instrumentos que se gasta.

De ese modo, Soler no decae nunca en su verso al profesorado exhibicionista, que retrae modesto a sus materias; sino que se permite el juego gracioso con la imagen, como el más tradicional de los poetas que se gasta Occidente. Al mismo tiempo, sin embargo, puede hacerlo con ese comedimiento del haikú, en el más estricto verso blanco; en lo que si bien es un oxímoron, explica esa equívoca ambigüedad de que se hablaba al principio.

Esa es la razón de que se citara a Gibran, no por cultismo, sino para ofrecer una referencia; que explicando esta singularidad de Muñoz Soler permita comprenderlo mejor, en ese propio sentido suyo. Eso también explicaría la huella constante de María Zambrano, cuyo pensamiento es están especial a la poesía; como reparando aquel rechazo primero, de la ofrenda modernista a los pies románticos de España; tan distinta en su afrancesamiento del intelectualismo inglés, pero por ello mismo más desmesurada en su hermosura.

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No es entonces que la poesía de Soler carezca de discurso —lo posee como lo posee la de Gibran—, sino que este no es discursivo; y en vez de abrumar al lector con su densidad moral, lo empuja quedamente al meandro de su propio interior. Esa es la diferencia de los artificios con que hoy se copia en Occidente a los orientales, sin cogerles el ritmo; que siendo funcional, no puede responder a las mismas determinaciones, y funciona sólo por el asombro que aporta en su belleza.

Así también, la poesía de Muñoz funciona por esa parquedad de una línea sobria, que consigue explotar la imagen; no en el dramatismo —lo que es asombroso— sino en el recto sentido, con que asombra más aún que si fuera dramático. Esa es la secreta diferencia de uno y otro lado de esa frontera cultural, y pocos son los que pueden cruzarla; porque, como los picos altos de los Pirineos esconden la complejidad europea, estos esconden la humana; más grave aún, la de la humana expresión, que ha de resolverse siempre en una forma, y esta ha de ser hermosa y con sentido.

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Esta poesía de Muñoz Soler consigue hablar y tratar problemas existenciales, donde la poesía sólo puede expresarlos; eso es lo que tiene de oriental, domando la escondida aridez que hace lucir etéreo el pesado andamiaje del verso en Oriente. Eso habla de otra vuelta en la vitalidad del arte, que no va a morir sino que se transforma en sucesivas síntesis; como una alquimia, que siendo de la forma es más problemática, porque se alza contra toda convención, en su misma convencionalidad.

Es de ahí de donde proviene este aspecto de oxímoron, de toda explicación que se atreva con esta poética; que si bien es una antología y no una teoría estética, tiene en su ligereza esa misma densidad en su atrevimiento. Este es en todo caso, uno de esos raros libros que exigen ser regalados a amantes y amigos, como muestra exacta del afecto; porque depara momentos de dulce abandono, a ese estado de la felicidad que es la buena lectura, como culminación apoteósica de toda existencia y relación. Este libro maravilloso y bello es también un I-Ching, en ese orientalismo de libro de libros que registra los cambios (Borges); porque se trata de una antología, que recoge en su ramillete todos los poemas del autor desde el 2016.


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