Monday, January 31, 2022

Poética de Francisco Muñoz Soler

La diferencia entre las culturas oriental y occidental es tan abismal, que sólo puede suscitar equívocos y ambivalencias; incomprensiones que no resuelven sino complican los mil matices que las relacionan, por esos mismos equívocos. Es de ese modo natural que, a la riqueza verbal de la expresión artística de Occidente, la atraiga la parquedad oriental; sin que se sepa mucho de la relación inversa, desde que esta preocupación es propia de esa misma riqueza verbal de Occidente.

En todo caso, esto explica los casos intermedios, en que el verbo occidental deviene calmo por la fuerza reflexiva de Oriente; en figuras como Jalil Gibran, que rebasa las fronteras del aforismo con la belleza de los excesos gratuitos que encontrará el modernismo europeo. Ese es el caso de una poesía como la de Francisco Muñoz Soler, como no puede ser de otro modo además; no porque él participe de esa ambivalencia formal, sino que la porta y la crea en sí mismo, en su propia naturaleza.

A saber, Muños Soler no es sólo una sensibilidad poética, sino que es original y fresco en su poética; puede que porque provenga de los farragosos archivos de la lengua, no exactamente de una alegre sensualidad. Eso no significa que sea adusto y serio sino más reflexivo, cobrando esa densidad que sólo encontramos en los orientales; a los que sin dudas no desconoce, sino que probablemente comprenda mejor en su propio sentido, por estos otros instrumentos que se gasta.

De ese modo, Soler no decae nunca en su verso al profesorado exhibicionista, que retrae modesto a sus materias; sino que se permite el juego gracioso con la imagen, como el más tradicional de los poetas que se gasta Occidente. Al mismo tiempo, sin embargo, puede hacerlo con ese comedimiento del haikú, en el más estricto verso blanco; en lo que si bien es un oxímoron, explica esa equívoca ambigüedad de que se hablaba al principio.

Esa es la razón de que se citara a Gibran, no por cultismo, sino para ofrecer una referencia; que explicando esta singularidad de Muñoz Soler permita comprenderlo mejor, en ese propio sentido suyo. Eso también explicaría la huella constante de María Zambrano, cuyo pensamiento es están especial a la poesía; como reparando aquel rechazo primero, de la ofrenda modernista a los pies románticos de España; tan distinta en su afrancesamiento del intelectualismo inglés, pero por ello mismo más desmesurada en su hermosura.

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No es entonces que la poesía de Soler carezca de discurso —lo posee como lo posee la de Gibran—, sino que este no es discursivo; y en vez de abrumar al lector con su densidad moral, lo empuja quedamente al meandro de su propio interior. Esa es la diferencia de los artificios con que hoy se copia en Occidente a los orientales, sin cogerles el ritmo; que siendo funcional, no puede responder a las mismas determinaciones, y funciona sólo por el asombro que aporta en su belleza.

Así también, la poesía de Muñoz funciona por esa parquedad de una línea sobria, que consigue explotar la imagen; no en el dramatismo —lo que es asombroso— sino en el recto sentido, con que asombra más aún que si fuera dramático. Esa es la secreta diferencia de uno y otro lado de esa frontera cultural, y pocos son los que pueden cruzarla; porque, como los picos altos de los Pirineos esconden la complejidad europea, estos esconden la humana; más grave aún, la de la humana expresión, que ha de resolverse siempre en una forma, y esta ha de ser hermosa y con sentido.

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Esta poesía de Muñoz Soler consigue hablar y tratar problemas existenciales, donde la poesía sólo puede expresarlos; eso es lo que tiene de oriental, domando la escondida aridez que hace lucir etéreo el pesado andamiaje del verso en Oriente. Eso habla de otra vuelta en la vitalidad del arte, que no va a morir sino que se transforma en sucesivas síntesis; como una alquimia, que siendo de la forma es más problemática, porque se alza contra toda convención, en su misma convencionalidad.

Es de ahí de donde proviene este aspecto de oxímoron, de toda explicación que se atreva con esta poética; que si bien es una antología y no una teoría estética, tiene en su ligereza esa misma densidad en su atrevimiento. Este es en todo caso, uno de esos raros libros que exigen ser regalados a amantes y amigos, como muestra exacta del afecto; porque depara momentos de dulce abandono, a ese estado de la felicidad que es la buena lectura, como culminación apoteósica de toda existencia y relación. Este libro maravilloso y bello es también un I-Ching, en ese orientalismo de libro de libros que registra los cambios (Borges); porque se trata de una antología, que recoge en su ramillete todos los poemas del autor desde el 2016.


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