Sunday, August 14, 2016

La falacia del barroco latinoamericano

Ya deben haberse apagado los rescoldos por la conmemoración de la muerte de Lezama Lima, santo al que encendí mucha vela; pero los recitativos y las letanías persisten, como para alargar la celebración, en el ambiente anodino de nuestra literatura actual. Es por eso que de vez en cuando se precisa de que alguien recuerde la naturaleza del santo, para minar ese catolicismo pacato que nos lastra; porque ni Orígenes fue una institución con unidad estética, ni esos pastizales fueron tan idílicos. Orígenes, como todos los movimientos de su tipo, fue fundado en el afecto y la amistad y el desafecto y la desconfianza lo lastrarían; hasta terminar en esa guerrilla de mezquindades, en la que todos atacaban a todos, y que parece ser la consistencia real de toda historia de la literatura. Primero, a Orígenes la caracterizó esa especie de retorcida amistosa enemistad de Virgilio Piñera y Lezama Lima; que era retorcida como retorcidos eran ambos, no importa su respectiva e indiscutible genialidad literaria.

Pero esa realidad nació de la otra realidad, que fueron las pretensiones de todos ellos; que lejos de toda humildad, como también va siendo habitual, eran lobos que se mordían las pantorrillas unos a otros. No sólo Orígenes surgió de una amistad, que se encargaría de tejer el mito de la unidad estética; sino que esa misma amistad estaba viciada de inicio, tanto por el deseo latente de unos sobre otros y la envidia, como por la traición. En carta a José Lezama Lima, Piñera desbroza el rencor que lo marcaría para siempre, por la traición de quien consideraba su amigo; porque fue la zorrería elitista de Cintio Vitier la que postuló a Orígenes como una revista católica, arrimando la paja a su pesebre.

De conspiracioncitas de ese tipo está tejida toda agrupación, que surge con las contradicciones en que se relacionan sus miembros; pero la falta de carácter de Lezama Lima ante las pretensiones de Vitier, serían el sello que quitara densidad intelectual a ese fenómeno del Origenismo; en el que lo neobarroco es apenas la frase feliz de un iluminado adornando el pasado con alguna enjundia innecesaria, y ni siquiera consigue solidificarse con concepto real. Que las nuevas generaciones necesiten recurrir a una frase feliz, y elevarla a nivel de concepto para cobrar consistencia; esa es la paradoja que describe la inconsistencia que determina a toda la literatura cubana contemporánea, por su propia debilidad.

La razón es sin embargo más clara, porque explica la poca estatura moral en la mezquindad, que se come las bases de esas hermosísimas arcadas de la Habana; como cuando Lezama responde a la generosidad de Gastón Baquero con la bajeza habitual al racismo cubano, que no es virulento como el gringo, pero sí peor en lo ladino. Contó Don Hilario González la anécdota, de que cruzándose él y Lezama con el exitoso Baquero que ayudaba al último, se saludaron; pero que no más volviéndose el de Testamento del pez para continuar su camino, el de Trocadero se refirió a él por lo bajo y por la espalda como al dilecto escriba de la dotación de nuestro señor Obispo.

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Cuando ese es el tipo de santo que se celebra como devoción, ya se sabe cuál es la doctrina que se postula; no porque los creyentes sean igual, que por algo son sólo creyentes y no santos ellos mismos, pero sí por el horror de esas doctrinas sublimes que los sostienen a ambos. A José Lezama Lima no le falta la genialidad necesaria para elaborar las más sutiles y agudas imágenes, esa es su grandeza real; como lo es el ocultar su mezquindad la otra mezquindad del culto que ignora esta grandeza suya, en esa retorcedura que es la única posibilidad del llamado neobarroco.

Friday, August 5, 2016

Sepia: Pasión de Eva en Ena Columbié

Por Ignacio T. Granados Herrera

Más allá de un propósito, la sensibilidad femenina existiría, sedimentada en siglos de comportamiento adecuado por la cultura como tradición; determinando en ello la percepción y comprensión del mundo en una experiencia peculiar, que es así la realidad propia del ente de que se trate, en este caso lo femenino. Ese es el caso específico de la poesía de Columbié, como el fruto de una poética construida con su experiencia existencial; y que sin dudas, ella consigue neutralizar en su expresión por el ansia de universalidad de la poesía; pero que aun así marca sus poemas, como determinados en esa experiencia existencial, como la marca de su trascendencia.

Es así como Sepia resulta en un discurso de lo femenino, siquiera por ser de lo humano en lo femenino, como una pasión de Eva; que se alimenta además directamente de la contradicción anterior del Modernismo, como tradición de alcance referencial. No por gusto sería el modernismo femenino el que fije una ontología eficiente en la reflexión estética regional; que es precisamente la que puede revitalizar la de todo Occidente, abocada a la decadencia con su pretensión de heroísmo estoico, asombrosamente blanco, varón y heterosexual. No por gusto tampoco, el gran antagonista de ese arquetipo del hetero patriarcado será Lilit; la negada, la noche que sin embargo se revuelve y arrebata a los hijos de los hombres, a pesar de la resurrección del Cristo. Esa es la potestad materna, que se castra a los hijos como aterrada del abusador que será; y es el drama de la mujer en sí, que apela al totemismo y se sintetiza en la compulsión animal del lobo o la hiena, que traen a la noche consigo.

Eso es entonces lo que explica el dramatismo especial de Sepia, ya desde el título mismo como un amaneramiento; en el que lo humano protesta de esa aridez a que se ve compelido con el culto obsceno de la virilidad. Juan Carlos Valls comienza el prólogo del libro, preguntando por qué Ena nos conmina a exiliarnos en una sola palabra; y establece con ese guiño el diálogo, como la tensa cuerda por la que se aventurará ese equilibrista misterioso que es el impulso vital. La poesía será aquí esa experiencia de cruzar el abismo, y la incertidumbre misma de perderse o no en este como un vértigo. Ena tiene a su favor el pulso poético, que es la facultad no menos misteriosa del talento para el oficio; por eso, si consigue hilvanar el drama en un discurso, este a su vez se resuelve en imágenes, unas más felices que otras, pero todas puras.

Esta característica, diríase que mayor, estaría reforzada con ilustraciones de fotografías en sepia, también de la autora; consiguiendo como conjunto que el libro sea más que libro una performance completa, como una postulación ontológica. Esa destreza es la que le otorga la eficacia reflexiva del conocimiento analógico en oposición al racional, como la falla recurrente de la poesía contemporánea; por eso accede a comunicar esa experiencia, con recursos connaturales a la poesía, que sin embargo hoy asombran por lo inusitado. Así, por ejemplo, sólo a la mitad del libro uno se da cuenta de que las pausas se han resuelto en espacios lineales; eso quiere decir que no se han usado comas y por eso no se ha tropezado nunca, lo que no es poco en poesía. Tampoco se han notado las inevitables copulativas, que son la causa de la ineficacia del racionalismo para expresar lo trascendente como experiencia; como que no por gusto la inteligencia como facultad de Zeus es Atenea, femenina y hermética tras su armadura.

Tuesday, July 5, 2016

Ulises, pasión de Ítaca

Por Ignacio T. Granados Herrera

Hace muchos años, el reportero Pedro Portal organizó una colección de fotos de personajes de la cultura cubana en el exilio; que por supuesto, basaba su impacto dramático en la combinación de sus personalidades —y compleja trayectoria— con el arte mismo de su pericia técnica. La colección fue importantísima, tanto por su carácter inaugural como por este alcance histórico que le confirieran las personalidades que recogía; y tanto así, que devino en un modelo a seguir por otros fotógrafos profesionales con pretensiones más o menos intelectuales, que buscaban ese mismo impacto histórico. La diferencia estriba en que el objeto de estos otros era mediático, no exactamente artístico o histórico; lo que no es grave sino apenas natural, ya que obedece al proceso de decadencia en las artes, dado en el vicio progresivo de sus prácticas.

Como proceso natural de decadencia entonces, en principio no tiene nada de extraño que Ulises Regueiro siga también la senda abierta por Portales; salvo por la peculiaridad de que Ulises no es un profesional de la fotografía, en el sentido de esa excelencia técnica del maestro original. De ahí que el desarrollo alcanzado sea más que sorprendente, teniendo en cuenta además que como todo arte, la fotografía ya se repite en una serie de clichés formales; lo que hace más asombroso aún este desarrollo de Regueiro, que cubre toda la ruta de su propia determinación, como Odiseo atendiendo al murmullo de Atenea en sus oídos. Eso es lo que sorprende, de lo que resulta un homenaje —consiente o no— a la originalidad del pionero Portal; la madurez de la forma, conseguida con paciencia y esfuerzo, no en manual sino con experiencia.

Video de Juan Carlos Cuba Marchan con fotos de Ulises Regueiro

Hay en estas fotografías de Ulises el trabajo habitual sobre las sombras, por el que consigue encajar los blancos; que como dice el director de fotografía Iván Oms Blanco, es uno de los retos mayores en el trabajo de la imagen; y que Ulises consigue aquí, como prueba de esa madurez, en una disciplina que definitivamente se le rinde, como dama bien cortejada. Hay más también, unos close up atrevidísimos, que se aventuran a explotar la textura facial, que le facilita ese dramatismo ya tan difícil de conseguir por lo habitual; pero que el recupera con gesto de quien tiene la experiencia suficiente como para atreverse, por encima de la segura reserva de sus modelos. Respecto a estos, también a diferencia de aquel experimento de Portal, este tiene más aire de reivindicación de clase (¿intelectual?) que de alcance dramático real; en definitiva, el esfuerzo es mediático, aún si todavía documental, como parte de esa derivación de las prácticas del arte.

Nada de eso importa, o al menos no mucho, porque lo que permanece es el fenómeno mismo de su impresionante colección fotográfica; no importa la relevancia y el alcance real de sus sujetos como objeto artístico, es el testimonio de todo ello como su propia realización en una apoteosis sin dudas reverenciable. Ulises llega así definitivamente a Ítaca, donde —no debe confiarse— todavía Penélope ha de cuestionarle, incluso si ha vencido a los príncipes pretenciosos; y Penélope es el misterio de la vida misma, como esa musa que canta bajito para atraerle, y que puede ser el recuerdo de las sirenas o la revelación final de Atenea.

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