Sunday, April 26, 2015

Mario Vargas Llosa y los peligros de la imagen

Por Ignacio T. Granados Herrera

Foto: C. Rosillo (Reuters)
Una vez más, Mario Vargas Llosa hace gala de sus prerrogativas como el último de la era de los grandes y advierte del peligro de la palabra escrita; afirma, y obviamente con conocimiento de causa, que la desaparición de la palabra escrita reemplazada por la imagen compromete la libertad, la imaginación y otras instituciones como la democracia. Ya habría un contrasentido de inicio que le debería haber hecho enarcar las cejas ante su propia barbaridad y desvanecerse en un tartamudeo; pues es difícil concebir que la imagen sea lo que ponga en peligro la imaginación, que bien mirado es lo que la crea; y que justo por eso se llama imaginación, explicando que incluso los más áridos conceptos no pasan de ser meras imágenes de sentido convencionalmente atribuido. El problema es que como Mario Vargas llosa pertenece a una generación que se realiza precisamente en la cultura del libro impreso, sus temores son como los de los del fin del mundo maya; porque en realidad lo que se estaría comprometiendo es el estilo de vida que lo sostiene como al último patriarca, de una era de la que ya sólo quedan los recuerdos.

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Mario Vargas Llosa podría recordar, por ejemplo, que la democracia es un modelo político muy anterior al invento de Gütemberg; y que precisamente, además, su relativa eficacia está siempre comprometida por el elitismo innato a la cultura libresca de los modernos; incluso él mismo, que suele hacer gala de esa arrogancia que ya parece natural a los parámetros de excelencia intelectual modernos. De hecho, no sólo la democracia como modelo político es muy anterior a la cultura del libro, sino que ese elitismo que la amenaza constante proviene del autoritarismo moderno; que es tan viejo como la democracia, pero que en la Modernidad revistió los lauros librescos del despotismo ilustrado, poniendo los tomos a los pies de los tronos. Sin embargo, y más allá aún de eso mismo, la asombrosa omisión de Vargas Llosa es incluso de carácter antropológico; es decir, científica, teniendo en cuenta que se trata de los procesos en que ocurre la reflexión, que muy modernamente Vargas Llosa confunde con la potestad del discurso. En efecto, Vargas Llosa afirma que el libro ayuda a los procesos reflexivos, lo que es cierto sólo en principio; un principio constantemente distorsionado, por esa altanería con que los ilustres nos imponen sus discursos iluminados en razón de —¡no!— su elitismo.

El principio, de naturaleza antropológica, indica que el proceso reflexivo sufriría un desarrollo apoteósico a partir del alfabeto; que no es lo mismo que el libro, y sólo se refiere a la capacidad de
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elaborar ideas sobre un espectro referencial ya organizado, que admite formaciones más complejas y sutiles. Es decir, algo que ya se habría resuelto con la tradición oral en que se hicieron las grandes epopeyas, y no con farragosos discursos supremacistas; como esa manía de los modernos de andar enseñándole ética a la gente, dígase que Roseau con el Emilio o Voltaire con el Cándido, en una recurrencia que pareciera encubrir pasiones pederastas. Al fin y al cabo, su misma literatura —que es magnífica— es rica en sentido recto y no en las reflexiones analógicas de la parábola; que sería lo que explique esas filias y fobias con que dicta al mundo lo que debe hacer para seguir pagando los tributos y viáticos que le dan sentido de magister.

Vargas Llosa, como un dinosaurio, sólo estaría viendo remecerse la tierra bajo sus pies en lo que sin dudas es un proceso de extinción masiva; pero que no sería necesariamente el fin de la tierra o de la raza humana, sino sólo de esa generación que cumplió su propósito y que ya es hora de que deje los escenarios. No hay dudas de que la cultura se mueve en favor de la imagen, lo que no tiene que ser un retorno a la barbarie; esas alarmas más bien recuerdan las cautelas católicas ante la potestad de las gentes de tener una cultura secular, no sometida a los arbitrios de una élite iluminada. El retorno a la imagen bien podría significar una madurez de los procesos cognitivos, que les permitiría prescindir de los soportes sobre los que tuvo que desarrollarse; algo así como la iluminación del quinto sol mexica, que fue sin dudas oprobiosa pero permitió esta expansión de la excelencia tecnológica de Occidente, más grande que la tan ilustrada modernidad.
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