Wednesday, February 7, 2018

Germán Guerra, la espléndida madurez de la imagen


Por Ignacio T. Granados Herrera
El autor de Nadie ante el espejo es sin dudas el mismo de Metal, sólo que con más años; suficientes al menos para lograr este balance, que lo lleva desde la estridencia a la calma gentil. Por medio están el Libro de silencio y Oficio de tinieblas, que apuntan a esta serenidad, pero son todavía el impulso y no el arribo; porque en ambos casos se trata de los apoyos en que el hombre se despoja del discurso, fascinado con la imagen posible. Nadie ante el espejo es el libro donde comienza esta madurez de la imagen, pura en sí misma, sin discurso; logro doble, que trasluce el éxtasis final en que se comprende la vida y sus misterios, y se la transita.
Todos los poemas no tienen el mismo esplendor, ni todas las imágenes la misma fuerza; más allá de que eso sea o no normal, respondería a la precariedad de los tiempos, que se han tragado toda trascendencia. Lo sorprendente es este tesón, en que el autor persiste, e incluso clarifica un objeto que es propio en lo estético; y Guerra carga en este libro la digna voluntad con que se realiza a sí mismo, apelando a la belleza como salvación, en su más profundo sentido existencial.

Esa fuerza es la que sostiene a este libro, como una apuesta sobria en su oficio y donaire; y se las arregla —lo que no es fácil— para usar palabras como “esperanto” y “Maiakovsky” sin que le destrocen la imagen, grácil y frágil a pesar de ello. Como curiosidad, el juego eventual con la poesía gráfica se hace sutil en sus alcances; como en el poema Hexagrama sin nombre, que bien pudo llamarse Hsiâ Kwo (Pequeñas cosas), porque no sólo es el que reproduce, sino que además llega a significarlo. En esos juegos, puede que por error, subvierte las reglas del haiku, y sale digno del entuerto; dejando claro que hasta en disciplinas estrictas es el poema como un cuerpo el que decide su destino, y no una tradición burocrática en definitiva.
Por supuesto, el libro abunda en exergos y referencias, que dan cuenta del origen libresco de un marco generacional; pero no depende de estos y se alza por sí mismo, que es el mejor reconocimiento a todos esos a los que quiere remitirnos. Aún, en bucle de absoluta ontología, una de esas referencias es a sí mismo, con la imagen de panes y peces,  es todavía gentil; que es el tipo de gesto en que demuestra esa madurez y dominio, como para darse el lujo de ese juego consigo mismo.

Panes y los peces es figura recurrente para Guerra, y es así su determinación; con un valor crístico, que marca el rumbo de este libro, y se hace sólido más allá de la suerte individual de sus poemas. Los nombres de la sombra es probablemente el mejor de los poemas, por lo hondo; es el más simple y tierno, el de la angustia, en que el poeta se sabe “axis mundi” y el horror que eso significa. Es un poema en prosa, que desecha toda pretensión intelectual, y sólo tiene el aliento para sostenerse; pero este es más fuerte que el mejor exoesqueleto que haya fabricado el mar, porque es la vida para sumergirse.
El libro tiene tres cuerpos, de los que el segundo es el más espléndido, pero en el tercero el libro descifra el enigma de su nombre; con un díptico, que es en el que se reconoce esta escritura del que está de vuelta y sabe a dónde vuelve, con un verso existencial. No es el mejor poema en ningún sentido, pero sí el que explica de qué va todo en este drama; porque al final, eso es lo que establece el libro, el drama que torna a la vida en ars poética, confirmando todo el misticismo del mundo.

Sunday, January 28, 2018

Cuentos obscenos, o los juegos del ingenio

Por Rolando Aniceto
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Que el sexo vende ya lo sabemos. Que lo obsceno está de moda lo podemos comprobar en todas partes.
Cuando leemos que monjes se masturban con imágenes devocionales, harenes practican el incesto, se disfrutan tríos sexuales con lujuria japonesa y la impudicia de la carne y los sentidos se pasean desvergonzadas por cada página, nos sentimos tentados a concluir que los “Cuentos Obscenos” de Ignacio T. Granados (Ediciones Itinerantes Paradiso) podrían convertirse en una bomba comercial al estilo del bestseller ese de las 50 sombras de cierto tono opaco.
Sin embargo, la irreverencia de estos cuentos no se debe a lo soez que hoy todo lo permea. Tampoco a la tosquedad con que viene envuelto lo cachondo como producto de consumo de las masas. Por el contrario, la irreverencia que destilan los cuentos de Granados se debe a una razón más bien pesarosa: en estos días se nos antojan obscenos los juegos del ingenio.
La manera en que el autor copula con el lenguaje demuestra que la lascivia no es la comida chatarra del erotismo, que la elegancia de la lengua es porno duro, que el coqueteo de los estilos puede dar belleza a lo procaz. Que no es historia obscena si es historia bien contada.
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En tiempos en que la obscenidad, a lo procaz, calienta el escenario, Granados se pone a tono pero a su manera, esgrimiendo no la barata y facilona sino la verdadera obscenidad del desafío.
Esta colección de historias que nos ofrece Ediciones Itinerantes Paradiso es un divertimento y un aprendizaje. Leyéndolas no sólo aprendes que en el desierto llueve, y la maldición de un genio te puede acarrear amnesia; que la hierba crece y se agota en menos de una hora. Sobre todo comprendes que lo impúdico puede ser como la luna o un pequeño ramillete de notas que se escapa del violín de algún juglar muy melancólico.
Mas allá de los deleites, los estéticos y los carnales, el libro es un aprendizaje. Cada cuento es una clase sobre cómo escribir un cuento.
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No sólo cada historia es única y contundente, sino que además cobra vida propia y crea un lazo personal del que no te puedes ni te quieres zafar. Porque un buen cuento es también complicidad entre escribidor y lector, y no hay mejor literatura que aquella en la que se establece la connivencia.
Es tal la confabulación que uno llega a sentir que estas historias fueron escritas con claves internas que sólo entienden en el autor y uno. Es posible percibir un humor soterrado y comprobar que los personajes se ríen con uno y también de uno.
Con tantas referencias y tantas claves, unas verdaderas y otras imaginarias, nada es real en estos cuentos pero nada es más real que aquello que uno quiere que lo sea. Tampoco hay nada más real que lo clásico, que es lo que perdura.
Cuando algunos perciben señales de cierta decadencia cultural por la cual se erigen nuevos ídolos, los cuentos de Granados nos recuerdan esas coordenadas que no pasan y que siempre estarán, en ese alarde de atemporalidad que es lo clásico: me refiero a los valores humanistas, a los cultos e ilustrados.
Cuando se imponen a nivel general los cánones de la vulgaridad, los juegos del ingenio son un ejercicio obsceno de desafío. Granados asume el reto y sale airoso. El autor demuestra que no hay ménage à trois más concupiscente que el trivium de dialéctica, retórica y gramática. Que con la mordida gothique en el cuello, el ángel de la locura y una sombra fugaz se puede gozar en la cama a plenitud. Y que se puede terminar un libro con un portazo. Pero para entender lo del portazo hay que cometer un acto que es carnal y que es libidinoso en la misma medida en que es estético: leer los cuentos.

Wednesday, December 13, 2017

A propósito de Manuel Granados

Testimonio de Lázaro Buría Pérez
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Transcurría 1966, que como todos los años en Cuba tenía nombre y apellido, era el “Año de la solidaridad”; yo estrenaba mis 20 años acuarianos, agotando el segundo de los 3 que debía pasar para cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. Fui ubicado en la Base Militar de Playa Baracoa –en la Provincia Habana-, donde conocí al sub oficial Salvador Massip Soto; familia del destacado geógrafo del mismo nombre y apellido, así como del director de cine, y a quien acompañaba en varias salidas de la unidad.
Él era quien conocía a Manuel Granados y hasta podría decirse que eran amigos, lo cual me pareció por la alegría, cordialidad y complicidad con que se saludaron una vez que fuimos a visitarlo; no recuerdo exactamente si era en la calle 10 entre 25 y 27, en el barrio del Vedado. Tampoco puedo afirmar que era una plana baja o un primer piso, pero estoy segurísimo de que estábamos cerca del Cementerio de Colon; muy próximos al edificio de 9 plantas donde está todavía el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), con el que Manuel tenía algún tipo de vínculo laboral.
Lázaro Buría Pérez
La visita a Manuel Granados tenía el propósito, por parte de Salvador, de que yo ampliara mis conocimientos de los intelectuales que él conocía; quizá por eso me sorprendí un poco al ver a Granados: ¡era negro! “¡Coño, un prieto escritor!”, pensé. Y de alguna manera sentí cierta alegría. Tendría que extenderme mucho –casi podría creerse que estaría escribiendo “un libro”-, si fuera a explicar porque pienso que “sentí aquello”; pero habrá que deducir el contexto de donde yo procedía para imaginárselo, es una explicación de manual —¡como la lucha de clases!—.
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La masa amorfa, inestable y hasta inventada, de mi memoria de aquella etapa de mi vida, me dice ahora que debería hablar de lo que conversaron; y lo primero que me viene a la mente es aquel asunto oscuro —para muchos— de lo que estaba pasando  con los protagonistas de lo que años después se conocería como el siniestro proceso de la Microfracción; que se descubrió dentro del sólido e impenetrable Partido Comunista de Cuba.  Lo vi como un tipo maduro y vital, por la manera en que reía y hacía malabares con sus brazos y escuálido cuerpo, que lo hacía atractivo; y aunque veía cierto amaneramiento —que me hacía sospechar de la amplitud de su latitud moral—, no la gritaba ni lo anunciaba, pero tampoco lo callaba… ¡y eso me gustó!
En otro relámpago de mi memoria, recuerdo el motivo por el que fuimos a ver a tu padre, había publicado Adire y el tiempo roto; Massip quería conseguir un ejemplar y que se lo dedicara —vagamente, me parece que eso fue lo que ocurrió—. Quiero imaginar que también yo recibí uno y que lo leí, quizá no completo, pero sí las palabras de esa obra que entraron en mi cabeza, alguna huella dejaron; son parte de lo que todavía pienso sobre los temas que aborda, la tragedia de la discriminación racial —¡poéticamente, claro!—. Solo estoy fabulando sucesos que me ocurrieron, pero que no puedo evocar con todos los detalles que me gustaría hacerlo.

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