Wednesday, May 12, 2010

Testamento

Una ciudad te merece o no te merece, y si no te merece debes recordar que más adelante hay otro pueblo; es decir, otras posibilidades, entre las que está la de ese amor en que la ciudad te realiza con su amor. Una ciudad, como una mujer o un amante, no te merece cuando se permite la infidelidad; ese apaciguamiento en que accede a convivir con el mal, a respirar su aire como lo natural, su entorno propio.

En la novela Erótica [Armando Añel, 2010], un pasaje reza que hay un momento, en toda ciudad, en que sientes que puedes o debes corromperte, y que ese es el momento de emigrar. Ese, parece, es el momento de la iluminación, de la comprensión; entonces uno puede morirse con una performance grandiosa, como la de un payaso genial; porque morir —que no es necesariamente un acto físico— es pasar a otra dimensión, más hecha a tu medida, it's your size. Cuando sabes que no te merecen, y dejas ir, la gente piensa en tu tristeza y tu derrota; lo que no te importa, porque estás concentrado en tu propia liberación, y en tu generosidad puedes concederles un espectáculo grandioso como éste:

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