Thursday, December 29, 2016
En su convencionalismo, la crítica
profesional muerde el publicitado anzuelo del homenaje de esta película a Rebelde sin causa; que es cierto pero
secundario y snob, como casi todo en ella, y que por tanto descuida sus mejores
recursos. El resultado es un producto de calidad mixta, con saldo positivo pero
en términos relativos y no absolutos; con paradojas como el guiño evidente pero
desapercibido al clásico francés de Los
paraguas de Cherburgo, que sí lo define y determina estéticamente. Más aún,
se agradece el ascendiente de Coppola, que campea en este filme como el canon
dramático de Corazonada (One from the heart); como un carácter
que no cuaja pero al menos promete a todo lo largo del film, hasta la apoteosis
previa al final.
Lala land
es así un compendio de cosas con calidad variable y más bien inconexas, a pesar
de su cuidada dramaturgia; lo que se debe a la profusión de efectos y
gratuidades, que la hacen bandearse sin mucho sentido propio. Así, aunque
aludiendo a esa estética europea de Jacques Demi y Michel Legrand, Lala land se reconoce en la tradición
del musical norteamericano (Un americano
en París); que es de donde proviene su debilidad, pues trata de recrear el
trascendentalismo europeo y no la dulce banalidad en que se sustenta. Con ese
devaneo, la mayoría de los números coreografiados son tan espléndidos como
gratuitos y excesivos; lo que es pecado grave en arte, sobre todo cuando se
tienen tantas pretensiones, porque se pierde la posibilidad de un perfil
propio.
Entre los desaciertos más escandalosos,
sobresale el número de tap en que ella tiene que cambiarse los zapatos para
poder bailar; haciendo previsible todo lo que debería desarrollarse de modo
espontaneo, cuando toda la escena es tan zonza que depende de esa
espontaneidad. Tanta inconsistencia se entiende si se observa la —más bien
corta— trayectoria propia del director, con mucho culto a su propia y supuesta genialidad;
bien que disimulado como un culto al no menos supuesto espíritu del jazz, que
resalta aquí en una ontología más inconsistente que discurso de pastor
evangélico. Como falso pragmatismo crítico, el filme cuenta con el discurso y
la voz del fabuloso John Legend; que pareciera recordarle al insulso y atrevido
Sebastian (Gosling) lo que es, una gota de leche en un vaso de moscas.
Sin embargo, tanta referencia
requeriría un acercamiento mesurado a la estética personal de este director;
que con sólo un par de documentos sobre su propio snobismo, todavía está por
demostrar que merece tanta y tan especializada atención. Entre lo que no es
negativo pero tampoco positivo está el reparto, que tiene que lidiar con la
estructura musical sin personalidad suficiente para ello; desde un Ryan Gosling que no es Gene Kelly ni mucho menos Fred Astaire,
a una Emma Stone a la que no se le dan tan mal las rancheras. El problema es
que Stone es mucho mejor que Gosling, pero su personaje es el coprotagónico, no
a la inversa, y además depende del coreógrafo; él no es malo pero tampoco es
espectacular, está muy lejos de ser un monstruo de actuación y todavía el mundo
tiene memoria de los reyes del musical que fueron Astaire y Kelly.
Eso sí, y como
revelando la banalidad del director, Gosling pone lo que mejor tiene, y es el
perfil a contraluz con el flequillo sobre la frente; es decir, el cliché del jazzista
puro, que se fabrica la estética más falsa del mundo para justificar su propia
intrascendencia. Vuelta a los valores, está ese instante previo al final, que entra
en la introspección de
lo que la vida hubiera sido si no fuera lo que es; lo que hace además manejando
de un modo excelente un elemento sorpresa que no se debe revelar, y que
demuestra que es posible la buena dramaturgia; y se realiza en un segmento bastante
extenso, en el que se puede reconocer toda esa textura genial de la tradición a
la que responde. Lala land es
entonces como un twist, que recrea en su inocencia la metáfora de Un americano en París; como esa
reverencia esteticista al canon francés con el carácter robusto de lo
norteamericano, un drama al que se puede asistir a pesar de su inconsistencia.
Thursday, December 15, 2016
Cuatro estaciones en la Habana

El
inspector Conde tiene el defecto de siempre, mostrar las costuras de Padura sobreexplotando
frustraciones generacionales; que es su característica más recurrente, en un
modelo de antihéroe obviamente inspirado en el Philip Marlowe de Raymond
Chandler. El problema es que Conde resulta llorón en su alcoholismo, aunque
para esta producción la atenuaran lo depresivo; no importa, es parte de la
escenografía, revelando la mano de un autor que cree en la validez de ese
recurso, sin dudas legítimo pero ineficaz en lo repetitivo. Todos los episodios
mutilan con inteligencia el caudal de símbolos que puebla la novela original, por
una mayor agilidad cinematográfica; pero el último sí respeta lo que quizás sea
su joya más preciosa, y que es el guiño al clásico del cine norteamericano —con
el inefable Marlowe de Humphrey Bogart— El halcón maltés.
Como
producción, ese podría ser el defecto capital de Cuatro estaciones en la Habana, cuya importancia radica en que es
dramatúrgico; incluso reconociendo que en definitiva se trata de marco referencial
y no de argumento propiamente dicho, sólo que omnipresente como la firma misma
de Padura. Técnicamente se trata de una producción de lujo, con un elenco estelar,
excepto el protagónico de Perugorría, que no es malo sino insulso y
descolorido; lo que no es raro, pues salvo el coprotagónico que hizo en Viva,
él sólo repite en su cinematografía los mismos trucos que cogió con Gutiérrez
Alea.
De los personajes
secundarios llama la atención Carlos Enrique Almirante, predando sin dudas en
el look de Albertico Pujol; aunque aún no en su dominio escénico, pero igual
explotado en su justa medida de sex appeal de macho caribeño joven. Al respecto,
el erotismo está bien explotado en general, sobre todo en este caso de Almirante,
que aporta dramatismo y humor según se necesite; pero resulta excesivo,
gratuito y hasta contradictorio en el caso de Conde —exactamente en el segundo
episodio—, como por meras exigencias comerciales; pero a las que responde con
un Perugorría muy alejado de su antiguo appeal, añadiendo cierto patetismo que lo
humilla con su anti naturalidad. En ese sentido también, resalta ese machismo
tan nativo en el que las mujeres poco importan y carecen de protagonismo; no
pasan de chicas Perugorría como otras con mejor suerte son chicas Bon, que no
es que esté mal, sino que el contexto no es así de glamoroso.
Volviendo
a las actuaciones, no sorprende la calidad general, con el elenco que se gasta
la serie, salvo algunos de los de apoyo; que en su desigualdad contrastan de
uno al otro, como una mezcla descuidada y chapucera. No obstante, están casi
todas las glorias de la actuación cubana, comenzando con un Néstor Jiménez sobrio y esplendoroso; junto a Luis A. García, Patricio Wood, Aurora Basnuevo y un
etcétera interminable. Sorprende, eso sí, el mismo antagonismo de Héctor
Medina, que ya fue magnífico cuando protagonizó Viva junto a Perugorría y Luis
Alberto García; estableciendo el nivel de la actuación cubana para el mercado
internacional, luego de la desventaja del aislamiento político.
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Esta serie
inusual tiene por lo demás una fotografía sólida, de composiciones, encuadres y
saturación perfectos; como un pulseo entre la poderosa tradición de la
industria cinematográfica del Norte y la estética nacional cubana; una fotografía
cuyo realismo no edulcora ni resalta el decadentismo de la Habana —a pesar de
la insistencia oportunista del guion—, pero sí le hace una bellísima justicia. Curiosamente,
los clichés de lo que ya va siendo un cine vernáculo sin neorrealismo
italiano —pero sin nueva ola también— están perfectamente equilibrados; dejando
claro que la pobre dramaturgia está reforzada por la experiencia de una
industria que se toma los presupuestos muy en serio, no importa el ascendiente
comercial de los autores; que es lo que hace que el balance final sea positivo,
a pesar de esas recurrencias del autor, que ya resultan en meros manierismos
suyos.
Thursday, December 1, 2016
Allied, o la nueva conjura de los necios
Allied es
una fórmula habitual a la industrial del cine, que trata de vendernos a Marion Cotillard
y Brad Pitt; no es la primera vez ni hay nada malo en ello, las formulas se aplican
por su eficacia. Antes ocurrió con Meryl Streep y Robert Redford, sólo que en
esos casos se buscaban historias poderosas y mejor desarrolladas; no es ese el
caso de Allied, que se reduce a vender
las figures de Brad Pitt y Marion Cotillard, nada más. La historia de Allied es atractiva, pero no desarrolla
toda su riqueza dramática; sino que se reduce a recrear la mera contradicción
sentimental, en un aura de falso romanticismo. No hay dudas de que la WWII en
que se enmarca el filme habrá provocado situaciones más increíbles y retorcidas
que esta; sin embargo, esta —que puede ser recurrente y vanilla— carece de toda
credibilidad, justo por su debilidad argumental.
No es improbable, por ejemplo, que
una relación entre espías desemboque en romance con peso sentimental; pero es increíble
que un agente experimentado caiga en las redes de su propio sentimentalismo,
hasta ese absurdo de la proposición matrimonial. No es extraño el twist de
mantener los sentimientos reales, eso es teatro elemental; pero sí es extraño que
eso llegue a confundir a un espía profesional, incluso cuando le revelan el
truco. Por haber, hay de todo lo que requiere la fórmula, desde el trasero de
Pitt y los senos de Cotillard, hasta sexo en medio de una tormenta de arena; pero
el diluente no es bueno, y hasta el recurso de la cámara en redondo para la
escena de sexo se vuelve trillado y banal. Cuidado, ese recurso en sí mismo es
bueno, y añade cierto atractivo a la escena; pero es la escena misma la que es
trillada, arrastrando consigo a ese magnífico recurso a su sello de banalidad.
Igualmente, la puesta es
impresionante, y el vestuario y la fotografía consiguen un montaje
escenográfico digno de mejor libreto; hasta la fotografía —en un tono sepia que
no reduce sino explota el color— son de un altísimo nivel técnico, echado a
perder. El final es un arrebato in crescendo, desde que Pitt fuerza una misión en
terreno enemigo, buscando de la identidad de su amada; hasta la apoteosis, en
que la Cotillard logra salirse con cierta decencia, mientras Pitt estrena
morritos que deberían avergonzarlo para siempre. El momento final recuerda el de
Casablanca, cuando el Jefe de la policía y Bogart sellan el surgimiento de una
gran amistad; pero aquí, el oficial a cargo ordena a sus agentes alterar el
reporte en aras del romanticismo sacrificado a la frialdad de la guerra.
Se trata entonces, y más o menos,
de Pitt y Cotillard en la Casablanca del gobierno de Vichy, y si la trama suena
conocida es porque lo es; sólo que no son Bogart y Bacall en un argumento
enjundioso, que daría hasta uno de los mejores bocadillos del mundo. De hecho,
la fórmula fue explotada ya —y con mucha mejor suerte— con Robert Redford y una
suficiente Lena Olin en Havana (1990);
pero aquí se trata de una probablemente sobrevalorada Cotillard, y un Pitt que
no se esfuerza mucho, como en Entrevista
con un vampiro.
Thursday, November 24, 2016
Fantastic beasts and where to find them
Everyone knows that Harry
Potter is a "B" series with a lot of luck, because it's like a Tolkien
rewritten by Paulo Coelho; which is not surprising, because it is this
simplicity that owes its tremendous success, in this decline of the popular
culture in which Modernity decays. After all, it is also true that Tolkien
himself was a popular synthesis of the Nordic sagas; rather than with a
non-mercantilist sense, which allowed him to reproduce the subtlety and
complexity of these traditions in the epitome of fantastic literature. In any
case, even as a Tolkien passed by the water of banal populism, Harry Potter had
a certain consistency; which was enough to justify the avalanche of special
effects with which the cinema made it more colorful, to the point of
dissimulating its common places.
That is not the case with
Fantastic beasts and where to find them,
whose inconsistency makes it almost offensive; to the point that, if Harry
Potter was a sort of Tolkien rewritten by Coelho, this is like Coelho himself,
but against Lovecraft. The metaphor is almost literal, because in the film
there is even a certain allusion to the icon of Cthulhu, however bland and
childish; as in short, almost all the figures equally inspired by the medieval
bestiary according to the sublime Lovecraft, which more than topical and
recurrent are simplistic and trite. Within all that, an improbable mixture,
that tries to incorporate the tradition of the North American horror; but
without ever passing from the common place and the easy appointment, of
iconographic value, without real dramatic substance.
In fact, dramaturgy is
the weakest point of the whole film, with an atrocious poverty that makes him
limping from all his legs; followed closely by performances at the level of
caricatured cliché and the carving of so reductive. Of these, stands the one of
Eddie Redmayne, demonstrating that its characterizations are not great and
picturesque but a mere trick; repeating what turns out to be mere tics of pure
efficacy, which he repeats from The good shepherd
to The Theory of Everything, in
characters so different that they open their own world of possibilities. Any
way the performances in general are so bad, that perhaps he did it in a doubly
histrionic effort; to be in tune with a cast that seemed a fair of freekies,
and not precisely because of the colorful but by the grotesque.
However, Dan Fogler's
performance, whose scenic decency is the only colorful note in that desert landscape,
should be emphasized; making it clear that a good actor rises above the worst
dramaturgies, setting his own scale of values. In fact, that would be the main
flaw of the film, a drama so weak as to seem non-existent; so that the
recurring cliché of the actors is justified, as the astonishment at the lack of
a real role. There is no mistake, all fantasy is no more than a representation —that
is what it means— and therefore is always effective; because it is armed as a
binary sequence, in whose twisting it hides its dramatic value, like a
dramaturgy.
The problem with Fantastic beasts is this braiding, for it is not the same a dramatic event by
the sublime Lovecraft that by the vulgarity of Coelho; and so, even if this
history makes sense, it does not manage to override the bragging of technical
resources and special effects. No prequel has the fate of the sequel that
justifies, and less of the history in which it originates; because it is
usually a false stretch of the first success, which is already wasted in the
continuations. The only difference was Tolkien's Silmarillion, but just because it was not a mercantilist operation
but a passion of when capitalism was inaugurated; not of this false sublimity
in which everybody pursue success and some seem to achieve it, regardless of
the experience itself.
Saturday, October 22, 2016
Shortbus
Esta es una película del 2006, pero una reseña
suya nunca es tardía, pues es un filme de circuito cerrado; quizás no de culto,
pero sí de circuitos y cofradía, puede que por el exceso de sexo que la
distingue. Es en todo caso un filme experimental, que es una especie de
historia sexual de Nueva York; y que es en lo que puede residir el exceso, pues
una historia de Nueva York no tiene por qué ser sexual, o tan explícitamente
sexual. Sin embargo, esa es precisamente la textura que le da vida a este
filme; reuniendo en el sexo los personajes estrafalarios de la ciudad, que aquí
se muestra en todo su freaky esplendor. La lista de personajes incluye una
terapista sexual que no consigue el orgasmo y un (ujúm!) ex-mayor de la ciudad;
que no es cualquiera, sino el de la crisis del HIV, que en el filme —pero es
ficcional— acepta su alegada homosexualidad en un emotional burst.
El plot es inteligente en lo freudiano, si en
definitiva es en la bestialidad del sexo que se realiza el Ser; cómo o por qué
es otra historia, que a este director —por fortuna— no le interesa, porque él
está en lo real y no en su determinación. La fotografía es perfecta y forma
parte del drama, incorporando la parte experimental en sus juegos visuales; y
lo mejor que tiene es su exactitud dramática, rehuyendo a belleza formal para
entrar a jugar con la esperpéntica atmósfera. Por supuesto, esta historia de
Nueva York transcurre mayormente en una suerte de templete; que es exactamente
un club sexual, a donde acude la gente a ….experimentar, se supone —pero es
nueva York en el más recurrente y fabuloso de sus clishés—.
El director consigue su propósito final, que no
es contar las historias de la gente sino mostrar el pulso de la ciudad; es de
suponer que a eso se deba la recurrencia del sexo, que no tendría que ser
necesariamente tan explícito, aunque afortunadamente lo eso. Esa línea ambigua
se explica en el exceso mismo, que es la marca existencial que vincula a la
ciudad con su gente; al menos según ese clishé, que al director nom le interesa
contradecir sino justamente resaltar. Como resultado, una película
probablemente kischt, pero probando la legitimidad de ese tipo de búsqueda;
porque conduce inexorable a un final paroxístico —como el que buscan los
directores cuando introducen el alegro assai vivace de la novena de Bethoven—,
que si le deja afuera a usted bien podría explicarle la fría brusquedad de su
entorno.
Friday, October 21, 2016
El pulso de la derrota en Damaris Calderón
En un verso, la poeta Damaris Calderón dice saludar al sol con la
reverencia de un negro; una imagen cuya eficacia reside en ese valor arquetípico
de la negritud como estado salvaje y en ello de salvación. Tamaño racismo se
hace más llamativo por el hecho de que la poeta nace en 1967, probando que el
problema cubano es cultural; pues se trataría de la misma contradicción
inicial, por la que José Martí determinaría el trauma nacional con su idealismo
crónico y voluntarioso. Cuando Martí afirma que hombre es más que negro y más
que blanco, obvia con ello toda individualidad; funcionando así como el dogma
católico, sólo que ahora secular y nacionalista, amenazando a quien lo
cuestione.
Hombre es, obviamente negro o blanco o cualquiera de sus categorías
intermedias, como mujer o varón y sus respectivas mediaciones; porque el Ser en
abstracto —ya se sabe desde Heidegger— no existe, sino siempre en los modos
puntuales en que aporta su propia consistencia a esa abstracción del género o
la especie. El idealismo martiano es así incluso perverso, como habría demostrado
en su minuciosa consecuencia; porque él mismo hacía el gesto determinante desde
la seguridad social de su raza, en que se permitía la piedad por el negro, sin
reconocer la inmediatez de su necesidad. La reticencia de Maceo es así también
más consistente, porque es sobre esa inmadurez por la que no puede cuajar un
sujeto nacional; sólo el ascendiente de Gómez pudo salvar ese escollo, pero
forzándolo a ese pacto con su ascendiente personal.
El voluntarismo sigue así dando forma a lo cubano, e impidiéndole llegar
a una madurez plena y reconciliada; que se verá cuando lo negro pierda ese
valor tópico, del que no tendrá que defenderse en su propia suficiencia. Ese es
el improbable momento en que también se les pueda creer a los poetas,
despojados de la esquizofrenia de sus sacerdocios; en que abstraen su dificultad
para redimirse en el rezo y no en la expiación, que es sólo trascendente por la
nimiedad del acto en que se realiza, y no por la grandilocuencia del verbo ni
el imaginario snob.
The curious writings of Eric Roths
No es obvio, pero
el título no hace referencia al cuento de Francis Scott Key Fitzgerald sino al filme de David Fincher; del que Eric Roths es el guionista, con
esa nebulosa presencia que siempre es opacada por el director. De hecho, por su
carácter utilitario y accesorio, es difícil establecer una línea dramática propia
de un guionista; al menos hasta que, como en este caso, ya su trayectoria se
adensa en un perfil propio, más o menos atractivo a los directores, que lo asumen
como a un autor original. Esa es la singularidad de Roths, que naciendo del
trabajo como guionista, nadie puede establecer cuándo adquiere semejante
madurez; pero que sin dudas ya se deja entrever con la controversial épica dramático
burlesca de Forrest Gump, para
consumarse con The curious case of
Benjamin Button.
Se trata sin
dudas de esa peculiaridad del cine como extensión natural de la literatura, no
sólo ni necesariamente su expresión; que sería lo que permitiera a Roths
desarrollar este estilo peculiarísimo, de honda repercusión existencial. En
este sentido, su poética puede triangularse entre Forrest Gump, The curious
case of Benjamin Button y Extremely
loud and incredibly close; que comparten la misma calidad de sujeto, traumatizado
por una condición especial, que le hace aparentemente débil y vulnerable,
cuando es sólo singular. Este es además un sujeto estético y trascendente,
arquetípico en su dramatismo épico; que por las señas dadas en Forrest Gump, se podría identificar con
la controvertida antropología de la historia de Norteamérica.
Conociendo al
ser sólo en el modo concreto en que es, Roths puede plantearse una
sistematización de lo norteamericano; y lo que haga a esta escritura curiosa no
es su textura cinematográfica, si en definitiva el cine sería un desarrollo
extensivo de la literatura, sino ese alcance trascendentalista; común a la era
del Faulkner que reintrodujo lo trascendente como objeto reflexivo, perdido
desde el realismo, y diluido en el mercantilismo postmoderno, que todo lo
banaliza. En todo caso, el cine da la posibilidad a Roths de apropiarse de los
objetos reflexivos de la tradición literaria norteamericana; reelaborándolos en
ese otro sentido que es sólo el mismo de cada uno de ellos, sólo que
redimensionado en esta relación que adquieren entre sí.
Por tanto, se
trata de una escritura curiosa, en la que Benjamin Button es Forrest Gump y es Oskar Schell; un mismo Ser que en su
multiplicidad siempre padece de una condición especial, y en ello refleja la extraña
excepcionalidad de lo norteamericano. Esa es la
primera señal, que llama la atención sobre las recurrencias dramáticas de
Roths, con Forrest Gump; en cuya existencia radican todas las determinaciones
de lo americano, incluida su simpleza y bondad esenciales. Con Benjamin Button,
esta condición se explica en la torcedura cultural, por la que lo norteamericano
nace de la esclerosis de Occidente; dirigiéndose desde esa ancianidad a la
inmadurez y el infantilismo, con el que Occidente terminará por enfrentar su
propia decadencia.
Esta lectura no es un humanismo gratuito,
sino una comprensión del simbolismo con que Roths tuerce la historia original;
primero al sujetar el desarrollo del personaje al más puro patetismo
existencial, con repercusiones incluso shakesperianas; pero inmediatamente, con
esa introducción aleatoria de la historia del relojero que pierde al hijo en
una guerra, que es incluso la primera guerra mundial. A partir de ahí está
claro que el drama es el de Occidente, del que Estados Unidos es el último
desarrollo; puede incluso que el definitivo, si no encuentra modos de
redención, que el mismo autor insiste en no ver, a pesar de su bondad esencial.
Con Oskar Schell, este sujeto se enfrentará
al trauma de una realidad que lo sobrepasa, en esa infancia condicionada además
por el Asperger; una condición dentro del espectro del autismo, y tratada como
enfermedad en vez de como otra dimensión existencial. Es, por supuesto, un
pronóstico muy arriesgado, pero no médico sino estético, y explicaría esa
disfuncionalidad de lo norteamericano; cuyo desarrollo parece dirigido a la
disolución definitiva de la modernidad, con la aceleración de su decadencia. La
condición de estos personajes dejaría en claro que el problema no es moral sino
cognitivo, e inherente a lo humano; en un esquema en el que los Estados Unidos
sólo ocupan un rango temporal y no espacial, porque en definitiva ser trata del
mismo Ser de Occidente.
Roths demuestra este sentido ontológico en la pureza
abstracta de su antropología, en la que jamás alude a las raíces históricas de
lo norteamericano; sino que, gracias a esa licencia figurativa de la reflexión
estética, puede abstraerlo en el carácter simbólico de sus componentes. Su
profunda desesperanza, es que desconoce la posible redención de este drama
justo en la trascendencia de lo negro; ese gran ausente en esta curiosa
escritura de Eric Roths, y que como la Discordia en las bodas de Tetis, es una
necesidad sobreseída… blanco al fin.
Monday, October 17, 2016
Del realismo en la reflexión estética moderna
Para el Harold Bloom de El canon occidental, Shakespeare y
Cervantes están en el pináculo, junto a Dante Alighieri; la salvedad es que
entre el último y los primeros —a los que se atribuye la base de sus
respectivas tradiciones nacionales—, median entre dos y tres siglos. Eso daría
a Dante el carácter de precursor para toda la literatura moderna en Occidente,
influenciando a los otros; en coincidencia con el proceso mismo del
Renacimiento, que tiene su apoteosis en el siglo XV que lo marca; pero que se
gesta en el auge del capitalismo florentino de los siglos XII y XIII, en que se
forma el Dante bajo la lógica aristotélica de Santo Tomás de Aquino.
No es gratuito que su modelo sea la
Eneida, que es la última epopeya clásica,
inspirada a su vez en la tradición homérica; con eso logra insuflar la
flexibilidad reflexiva en la cultura popular, inaugurando la literatura
moderna, que es en lo que reside el valor canónico de La divina comedia. El vacío temporal se explicaría en el proceso de
gestación, que debe alcanzar genios individuales equivalentes; no
necesariamente debidos al amor de un dios —aunque nadie sabe qué significa eso—,
pero sí al nivel de masa crítica susceptible de reflexividad. Se trata, no se
olvide, del traspaso desde la tradición latina como parámetro clásico; organizada
en el canon italiano, como referente lingüístico (epistemología) y
antropológico (ontología); pero sobre la base de una tradición ya masiva en su
propia actualidad, por el auge político proveniente de su capitalismo.
Esa es precisamente la diferencia
entre España e Inglaterra por un lado e Italia por el otro, la última comienza
el proceso; que sólo encontrará su apoteosis y culminación con el auge imperial
en que Occidente se expande en las Américas. A partir de ahí, lo que ocurre es
una transición acelerada al Barroco, a través de los manierismos; que más
imperceptible por su naturaleza distinta en la literatura, figura una extensión
del mismo renacimiento, pero obviando a los precursores americanos, que eran
abiertamente barrocos. El vínculo dantesco explica la reorganización reflexiva
de la literatura, con mayor madurez que su precedente clásico; donde el hilo
dramático cumplía la función antropológica, que explicaba la realidad en sus
determinaciones.
Debe recordarse que la epopeya clásica no era
una ficción en sentido estricto, sino una figuración de carácter histórico;
porque el mito no era sino una metáfora de la realidad, que compartían los
dioses —como su determinación— y los hombres. Esa función se mantiene hasta el último
momento de la era clásica, aunque ya Virgilio hace una manipulación evidente;
en que junto al Ovidio de Las
metamorfosis, sólo pueden atestiguar la decadencia majestuosa de esa
antigüedad. Dante sin embargo ya hace ficción en ese sentido estricto de la
literatura moderna, aunque lo haga reflexionando directamente la realidad; que
es en definitiva lo único que puede hacer una figura literaria, sea metáfora, parábola
o concepto exactamente racional.
Es esa capacidad singular suya la
que habría extraído de la lógica aristotélica, explicando la inmensidad de su
artificio dramático; aunque para eso debiera sacrificar su propia existencia,
con la inmersión en el conflicto —como de los universales— entre güelfos y gibelinos.
El realismo aristotélico tomista no sobreviviría a la puñalada artera del dogmatismo
platónico agustinita agazapado en la Escolástica; pero la literatura sí, si en
definitiva, por su carácter vernáculo, podía escapar en sus sinuosidades a la
vigilancia gnoseológica del dogma. No es que la literatura pudiera de otro modo
haberse desarrollado como algo distinto que un realismo trascendental; sino que
este es el modo concreto en que logra desarrollarse, retomando aquella disputa
interrumpida con el decadentismo imperial romano, en esa forma de realismo
trascendental.
Monday, September 26, 2016
Lo cubano en la anti poesía
Los talleres literarios son uno de esos vicios
con que la revolución cubana torció para siempre la cultura nacional; ya desde
la pretensión de que el arte se puede estimular directamente y que eso tenga un
sentido efectivo. Primero, partiría del contenidismo, que reduce el arte a su
discurso, como si alguien pudiera enseñarle nada a nadie; que es como se corrompió
la voluntad del artista, alimentándole la vanidad.
Desde ahí ya el arte perdería paulatinamente la excepcionalidad, para sumir sus objetos en un estándar de armonía tan objetiva como ineficiente; porque al alejarse del extremo individualismo de la experiencia, perdió también el carácter único de la perspectiva que aportaba. Además de eso, ahora ya se han distorsionado las relaciones con el objeto de arte, que no se consume sino que se analiza; haciendo de la mera exposición un debate absurdo, en el que se vuelve a violar la sagrada individualidad del artista.
No se trata de que todos sean igualmente maduros en su estética, sino que esa desigualdad tiene sentido; porque es esa extrema singularidad la que da sentido al arte en cuanto arte, por el valor único y original de su reflexividad. Así, cuando un poeta critica a otro poeta no es sólo soberbio sino también estúpido; porque está tratando de imponer a otra experiencia una determinación formal que es sólo suya, y con la que sólo conseguiría distorsionarlo, si algo.
Desde ahí ya el arte perdería paulatinamente la excepcionalidad, para sumir sus objetos en un estándar de armonía tan objetiva como ineficiente; porque al alejarse del extremo individualismo de la experiencia, perdió también el carácter único de la perspectiva que aportaba. Además de eso, ahora ya se han distorsionado las relaciones con el objeto de arte, que no se consume sino que se analiza; haciendo de la mera exposición un debate absurdo, en el que se vuelve a violar la sagrada individualidad del artista.
No se trata de que todos sean igualmente maduros en su estética, sino que esa desigualdad tiene sentido; porque es esa extrema singularidad la que da sentido al arte en cuanto arte, por el valor único y original de su reflexividad. Así, cuando un poeta critica a otro poeta no es sólo soberbio sino también estúpido; porque está tratando de imponer a otra experiencia una determinación formal que es sólo suya, y con la que sólo conseguiría distorsionarlo, si algo.
Dijo Borges que no hay poeta tan bueno que no
tenga el peor verso del mundo, ni tan malo que no tenga el mejor; de lo
que se trataría es de la irrelevancia de esa competencia, en la que sólo se
mostraría la inconsistencia de la pretendida poesía. Sobre todo, teniendo en
cuenta la necesidad de la tensión dramática en que se da el hecho reflexivo
como arte; y por el que un gerundio ni quita ni pone como gerundio, sino sólo
por su utilización concreta, envolviendo así hasta su contexto. Pretender que
los arcaísmos pueden ser excesivos es entonces tan banal y falso como la
intención de sencillez; porque en ambos casos se trata de una predeterminación,
tan ajena al acto mismo que sólo puede terminar en hacerlo prosaico.
Un heredero de Cintio Vitier hace la apología de quien sin dudas es una figura histórica de la literatura cubana; y en su exaltación cuenta cómo el inefable hizo el prólogo a un poemario no leído, que "de una manera tan vaga como mágica se apegaba a sus versos". La anécdota era para resaltar el humor del genio, y no percibió en ello su soberbia y deshonestidad; que esa manera tan vaga como mágica sólo era la ciencia concreta del descalabro de la cultura, disolviendo toda personalidad en un tecnicismo obtuso.
Puede uno imaginar al inefable Cintio engolando la voz, para musitar la sentencia sublime de "la técnica es la técnica y sin técnica no hay técnica"; pues en definitive, la poesía no es hoy sino el ring donde los egos se maltratan el rostro unos a otros, bajo la égida del dios Savón. De nada vale tomarla con Cintio, que es sólo un sacerdote del pasado, pero sí advertir contra su discipulado perverso; que repite hasta en el exilio aquellas intrigas con que provocara la animadversión entre Virgilio Piñera y Lezama Lima, con esa grosería con que forzó su catolicismo en Orígenes.
Esa es la materia antipoética, que disfrazada de canon no es sino la convención vulgar en que se burocratiza la inteligencia; atrapando al genio para que no rebase el imperio de las oligarquías, al que vulgar aspira el simple burgués exiliado. ¿No es la Vitier una heráldica fundada en el heroísmo
pero corrompida en el incesto infinito que la afecta en sus genes?;
sólo el pronto distanciamiento conseguiría mantener la tradición en
los oficios distintos de la música, suerte que no corriera la Diego.
Ese despropósito se puede comprender, en el culto del idealismo martiano que lo explica; y que no alcanza el valor de la sistematización lógica, porque nace en el arrebato romántico, pero igual lo determina todo. De ahí el voluntarismo, que alza a la poesía en hombros de su ego para su propia exaltación; y que por eso mismo no duda en tirarla al piso para liarse a las trompadas con otro que la pretenda, sin darse cuenta de que es sobre sus despojos que se pelea.
Un heredero de Cintio Vitier hace la apología de quien sin dudas es una figura histórica de la literatura cubana; y en su exaltación cuenta cómo el inefable hizo el prólogo a un poemario no leído, que "de una manera tan vaga como mágica se apegaba a sus versos". La anécdota era para resaltar el humor del genio, y no percibió en ello su soberbia y deshonestidad; que esa manera tan vaga como mágica sólo era la ciencia concreta del descalabro de la cultura, disolviendo toda personalidad en un tecnicismo obtuso.
Puede uno imaginar al inefable Cintio engolando la voz, para musitar la sentencia sublime de "la técnica es la técnica y sin técnica no hay técnica"; pues en definitive, la poesía no es hoy sino el ring donde los egos se maltratan el rostro unos a otros, bajo la égida del dios Savón. De nada vale tomarla con Cintio, que es sólo un sacerdote del pasado, pero sí advertir contra su discipulado perverso; que repite hasta en el exilio aquellas intrigas con que provocara la animadversión entre Virgilio Piñera y Lezama Lima, con esa grosería con que forzó su catolicismo en Orígenes.
Esa es la materia antipoética, que disfrazada de canon no es sino la convención vulgar en que se burocratiza la inteligencia; atrapando al genio para que no rebase el imperio de las oligarquías, al que vulgar aspira el simple burgués exiliado. ¿No es la Vitier una heráldica fundada en el heroísmo

Ese despropósito se puede comprender, en el culto del idealismo martiano que lo explica; y que no alcanza el valor de la sistematización lógica, porque nace en el arrebato romántico, pero igual lo determina todo. De ahí el voluntarismo, que alza a la poesía en hombros de su ego para su propia exaltación; y que por eso mismo no duda en tirarla al piso para liarse a las trompadas con otro que la pretenda, sin darse cuenta de que es sobre sus despojos que se pelea.
Wednesday, September 21, 2016
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Sunday, September 18, 2016
Exponenciación simplificada para blancos cubanos
Los poetas
se suicidan
Como si
fueran a un baile en esa noche triste
En que la
novia se devela por fin
Cumpliendo
esa promesa de cuando niños.
No importa
por qué, todos lo hacen igual, con
Esa
melancolía en que se reconoce
La zozobra
en que han vivido
Desde que besaron
los labios fríos de la muerte
Allá
lejos, hace tanto, tan adentro que
Era como
un espejo, pero era su propio pecho;
Y ella
allí, tranquila y queda, dentro de ellos
Esperando
ese momento en quitarse el velo
Y
revelarse espléndida y abierta.
Este es
Juan Carlos Flores, al que no conocí personalmente, y eso es un poema que escribí
cuando supe de su muerte; igual que escribí uno a la muerte de Heriberto Hernández,
que fue el más odioso y prepotente de los blancos que he conocido; porque como
negro, he aprendido que la plenitud se da en la individualidad, y la muerte es
uno de los hechos que más deben conmover al individuo. Nada de eso tiene que
saberlo nadie, ni yo tendría que haberlo escrito aquí de no ser por esa
arrogancia de a una raza que no ha desarrollado suficiencia y voluntad; y que
por eso, no más un negro habla como tal, en su propia individualidad, cae en
catarsis y pierde la cabeza, sin recursos para mantener su entereza.
Como
evidentemente, esa debilidad intrínseca a su privilegio la afecta en su
inteligencia, añadiré un par de explicaciones; como la naturaleza antropológica
de la percepción de la realidad, que hace que la proyección racial tenga más
que ver con la cultura que con la genética. No obstante, y por encima de eso,
el desarrollo de un sujeto poético requiere licencias lógicas; que lo asombroso
es que asombren a esos irritables —a menos que reaccione y actúe a la defensiva—,
después de tanto discurso sobre la fe poética, que parece otro privilegio
racial.
Debido a
todo ello y por mi propia potestad individual, estableceré un test privado de
inteligencia especial para blancos cubanos; estará asociado a la sensibilidad,
y todo aquel que no lo pase quedará automáticamente eliminado de mi radar, no
hay tanto tiempo para la estupidez. En cuanto a las simplificaciones martianas,
sean creativos e imaginen dónde pueden ponérselas.
Saturday, September 17, 2016
Balada de los amigos de mi padre
A todos ellos, que saben quiénes
son
Para no ser menos
poeta que otros
Me regodearé en mí
mismo, iré
Tan hondo que mis
propios fantasmas
Se asustarán de lo
oscuro, y seré yo quien vea.
Yo nací entre
grandiosos tíos negros
Con sonrisas
maravillosas
Como de bailadores de
tap de Harlem,
Esos que ni se dan
cuenta de la tristeza
De tan común que es.
Todos eran bellos,
profundos y muy negros,
Recortaban sus siluetas
contra la puerta
Y eran como dioses que
descendían
A besarte, porque tú
eras la ofrenda.
Nicolás tocaba la trompeta,
Abraham escribía
Y Pedro era una gran
promesa;
Mi padre los adoraba a
todos, me presentaba
(¿dije que yo era la
ofrenda?)
Y ellos me alzaban en
sus hombros
Como si yo fuera un héroe
y ellos la multitud
Que enardecida me
recibía victorioso.
Tenía tías
maravillosas también, que bordaban
Esa vida de los héroes
a los que yo me parecía;
Nancy recordaba la
flauta de Richard
Y Maité narraba
historias con mi madre.
Pero esa era otra vida,
y no era oscura
Como el patio en que
discurría
Sin que yo la viera
por entre las tendederas.
Ya no hay dioses, los
templos descascarados
Dicen que son otros
tiempos
En que se ultraja a
los sacerdotes, y los dioses
Se repliegan asustados
en mi edad.
De vez en cuando, como
un eco lejano, Nicolás se ríe
Y es como si sacara la
trompeta, pero
Nadie quiere saber de
Pedro (la promesa)
y Abraham no escribe,
sino susurra misterios
En los hombros de
Olofi
Porque él es el héroe,
yo soy un sacerdote viejo.Wednesday, September 7, 2016
De la universalidad del arte
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Postular una universalidad del arte es violar
la condición misma de su puntualidad, aún si su alcance es más o menos extenso;
ya que incluso esa extensión se limitará a los bordes mismos del período en que
ocurre, no importa si este se extiende a su vez por sus propias determinaciones.
Es decir, es absurdo pensar que la Modernidad comienza en la Modernidad misma y
no en su determinación; por eso, sus productos tienen un sentido rastreable
hasta en el período minoico, que es prearcaico. Su pertinencia sin embargo es
otra cosa, como esa disfuncionalidad que la abandona en las manos de su propia
corrupción; es como velar un cadáver, aferrados a la existencia que ya no
tiene, no importa su exquisitez ni los inciensos que le disimulan el olor.
Por supuesto, es fácil además de repetido
decretar la muerte del arte, vista la inefable potestad de lo humano; pero es
absurdo negarse a aceptar leyes y principios que son propios de la dialéctica;
es decir, no ya signos que siempre enmascaran un discurso interesado, sino
principios naturales como el carácter histórico de la cultura... y el arte en
que se realiza. Aceptado eso, ha de aceptarse también que el arte moderno ha de
estar sujeto a los límites de la Modernidad; no importa lo difusos que estos
sean, porque en algún momento eso moderno ha de convertirse en un período
pasado, incluso si clásico y valioso. Ha de aceptarse que también incluso en su
extensión convencional desde el siglo XV, ya la Modernidad estaría cumpliendo
sus cinco siglos; y no sólo eso, que ya es importante, sino que teniendo su
apoteosis en los siglos XVII-XVIII, no hay manera de que no se aboque hoy a su
decadencia... y la del arte en que se expresa. Eso explicaría sólo su
corruptibilidad, ante una pérdida cada vez mayor de relevancia en el mercado;
ya que la función que la valorizó estaría siendo suplida por fuentes alternas,
que la harían obsoleta.
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En este sentido, ha de convenirse que nadie
conoce una función propia del arte, aunque sea susceptible de algunas
atribuciones; pero tratando de ser objetivos, es mejor retraerse a su misma
capacidad reflexiva, que habría resuelto una comprensión de la trascendencia de
la realidad. Eso es importante, pues el inmanentismo moderno habría negado con
sus parámetros racional-positivos ese aspecto de la realidad; que al no ser
comprendido, se vuelve facultativo y compulsivo en su irracionalidad,
explicando esa apoteosis del Romanticismo justo como reacción al reductivismo
racional-positivista. Sin embargo, ya el pensamiento científico no es
inmanentista, y se recrea en inefabilidades como la indeterminación cuántica;
las matemáticas y la física recreativas pueden abstraer a cualquier
constructor, como la inmensidad del desierto antes abstraía antes a los poetas.
No sólo eso, tres siglos de graduaciones
masivas en humanidades hacen de la producción de arte un hecho banal,
repetitivo y kitsch; que redundando en la híper saturación de los mercados
pierde excepcionalidad, que es la condición para desarrollar poder reflexivo en
el alcance. De ahí la apelación a soportes artificiales, que alarguen la vida
del enfermo más allá de la muerte clínica; pero que en esa misma artificialidad
se corrompe en el tráfico de influencias y el egocentrismo, como una enfermera
que no llega nunca a tiempo o el suero que no es suficiente; esa es la contradicción
recurrente, que convierte en desaguadero de mezquindades lo más sublimes
proyectos. Disminuir el pensamiento ajeno antes de comprenderlo es fácil, basta
con reducirlo a un atajo de equívocos; pero igual el tiempo redimensionará las
cosas, con ese poder de los dioses al burlarse de los hombres.
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Tuesday, September 6, 2016
Sunday, September 4, 2016
Eróstrato, por ArtSpoken
En una apuesta al seguro, el teatro ArtSpoken reestrenó el unipersonal
Eróstrato, del pinareño Ulises Cala; lo hizo con el costarricense John
Chávez, el actor original
de la primera puesta, y el sello irreconocible por lo funcional y dramático de
Yoshvani Medina. Cala afirma que
prescinde de acotaciones en sus libretos, pues escribe para directores
inteligentes; a los que prefiere dejar libertad creativa, con lo que pareciera estarse
dirigiendo directamente a Medina. El drama de Eróstrato es muy conocido en el mundo, tanto que
hasta denomina un síndrome; dícese de aquel que hace actos terribles en busca
de fama, llegando a definir un desequilibrio psicológico. Lo de actos terribles
no es menos simbólico que el drama mismo, pues consistió en incendiar el templo
de la diosa Artemisa; y es tan importante, que se le menciona en no pocas obras
literarias, aunque siempre en este sentido convencional.
La originalidad de la obra de Calas estriba en el sesgo que le da, como
un cuestionamiento de esa convencionalidad a que se ha reducido el drama; cobrando
con ello una actualidad inusitada, que puede arrojar luces incluso sobre muchas
de las contradicciones contemporáneas. Con un movimiento atrevido sin dudas, Calas
se desinteresa de los motivos del propio Eróstrato para ocuparse del fenómeno
mismo; en definitiva, esos motivos fueron sacados bajo tortura, y ya se sabe
que en esos casos se confiesa justo lo que el verdugo quiere oír. Desinteresado
incluso de esta duda, el autor se adentra en la humanidad misma del acto
salvaje con que destruye una de las maravillas del mundo antiguo; y con ello
consigue un reordenamiento ontológico, con el que explica esos recovecos en los
que se pierde el Ser.
La obra tiene pues alcances filosóficos profundos, a la vez que se ancla
en la realidad más inmediata; se adentra en las mentes del terror y muestra qué
ocurre allí, y por qué los santos son los culpables del infierno. Lo mejor, sin
embargo, es que lo hace con una riqueza de recursos que se explaya en una
escena compleja; en la que rellena el esqueleto del personaje clásico con las
dificultades miserables que arrojamos a la vida de los otros en nuestra vida
cotidiana. No hay que equivocarse, la eficacia de Cala reside en su falta de
discurso, tiene pulso suficiente para limitarse a exponer el drama; eso es lo
que lo hace tan impactante, porque no se le puede negar, no importa si se rehúye
el contacto visual con nuestras víctimas de cada día.
Yoshvani Medina sigue haciendo gala de esa funcionalidad que le permite
explotar el espacio, no importa lo grande o pequeño que sea; Eróstrato, como
todas sus obras, se adapta con facilidad al teatro de arena o al lunetario
clásico con facilidad. Su huella inconfundible sigue siendo la utilería, que le
hace ser tan funcional y flexible como dramático; esta vez consistente en un juego
de pallets de madera, que nadie sabe lo que pueden hacer hasta el momento
justo. Junto a eso, un entrenamiento que debe ser agotador y asfixiante para
los actores, pero que resulta en una expresión corporal sumamente plástica;
integrando a los actores con sus estructuras móviles —que en este caso son los
pallets— para conseguir esos efectos tan dramáticos sin reducirse al cliché.
Hay que hablar de la caracterización de Chávez, que por momentos no
consigue muy bien sus transiciones, pero tiene una actuación digna y limpia;
tampoco es que sea fácil, el unipersonal de Cala superpone dos personajes que
deben cederse el espacio mutuamente; a lo que se suman otros personajes
incidentales, también representados por el actor, y que es donde a veces se
debilita un poco. Ahí hay que tener en cuenta esa complejidad estructural de
Cala, que le da dimensiones de autor wagneriano; exigiendo unas capacidades que
incluso para el exhaustivo entrenamiento de Medina deben ser difíciles de
satisfacer, como ese pecho de la que vaya a hacer Brunilda.
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Eróstrato va a competir al circuito off Broadway de Nueva York, donde
ArtSpoken y Medina son bien conocidos; llevan consigo un rostro de Miami que la
misma ciudad desconoce, en esa vitalidad de su propio circuito teatral. Ganen o
no ganen premios en Nueva York, tanto Chávez como Medina y el mismo ArtSpoken —y
Ulises Cala con ellos— llevan ya el premio de su experiencia misma; una
experiencia que desmiente el mito de la crisis del teatro en Miami, que no es
incierto pero que es inconsistente; porque se debe sólo a la desidia y el
desdén de sus teatreros, que no consienten en mirar a la realidad y dejar de
una vez por todas esos clásicos del teatro cubano; tan extemporáneos que sólo
se explican en la futilidad, y no merecen ni el respingo ni el dinero de los pueblerinos.
Friday, September 2, 2016
Non-sense
Uno de los lugares más comunes de
la crítica literaria contemporánea, es el de encontrar sentidos ocultos en las
obras literarias; que no es que no los tenga, sino que precisamente su carácter
de ocultos hace que sea difícil reconocerlos como tales. A saber, una obra tiene
siempre varios sentidos, eso se llama polisemia y es propio de la realidad;
pero esta polisemia, como un alcance propio de las cosas, rebasa siempre la intención
misma del autor. Atribuir un sentido a una obra es entonces un acto arbitrario,
que la distorsionaría en su sentido propio; que sería aquel atribuido
expresamente a la misma por el autor, a menos que deje señales también obvias
de ese otro sentido.
Las palmas en esto se las lleva la
Alicia de Lewis Carroll, tanto en el país de las maravillas como en el del
espejo; puede que por la misma circunstancia de Carroll, que era matemático, y
habría escondido signos en su obra. En realidad, más que en los libros de
Alicia, el non-sense estaría en que Carroll escondiera en ellos lo que exponía
en los tratados que escribió; lo que no niega que las historias de Alicia
tengan ese alcance, si su autor es de hecho ese científico, pero sí que él los
haya ocultado allí. Siguiendo ese mismo ejemplo, siendo Carroll un matemático
escritor de libros, lo más seguro es que refleje en estos su trabajo; sin que
eso implique que tengan otro significado que su presencia misma, sin que ni
siquiera importe si esta es objetiva o casual.
No hay dudas que este secretismo es
parte de la naturaleza snob que hoy corrompe a la literatura; con picos
escandalosos en la pretensión de estirar la banalidad del surrealismo a nivel
de densidad intelectual. De hecho, el surrealismo sería una especie de non-sense,
sólo que francés y no inglés; que por lo tanto carece del dejo gentil de la
lascivia de Carroll sobre Alice, para alimentarse con el amaneramiento de una
falsa despreocupación formal. Extraer sentidos ocultos de ese infantilismo
cínico sería lo verdaderamente infantil, demostrando que lo naif está en el
mercado y no en el estilo; que es el sin sentido —más que non-sense— en que se
pierde en Occidente el arte, por causa del snobismo.
Ojo de nuevo con los alcances y el
carácter polisémico de la realidad, presente incluso de los fenómenos
intelectuales; porque estos forman parte de ella misma, siquiera a través de
ese carácter artificial de su intelectualidad, que es real en sí mismo. Es por
esta polisemia que la realidad es comprensible en su representación, más allá
de las pretensiones mismas de esa representación; pero no porque sea un sentido
oculto, que aluda en ello a alguna trascendencia poética, sino porque los
valores que presenta son propios de la realidad que describe; no importa si se
trata de una ficción, porque esa ficción es una representación, que en ello
reproduce esos valores de la realidad.
Friday, August 19, 2016
Unos puntos sobre unas íes

Sin embargo, en eso mismo habría consistido la
experiencia de EdItPar, que es así su propia performance; no sólo los libros
que hace, y que incluyen la suficiencia del criterio curatorial y su confección
artesanal; no sólo los videos con que se expande en su propia divulgación, y
que a veces son desesperados y en ello bellos por su dramatismo; no sólo todo
eso, y todo lo demás que es el conjunto presionando como un vampiro en busca de
la adrenalina, como un emotional junkie;
es también la dignidad y la belleza, con la que reduciéndose a una experiencia
cuasi personal, es en sí mismo un arte. Por eso, a EdItPar le sobra generosidad
para colaborar hasta con sus peores y más sistemáticos enemigos; con tal, eso
sí, que el respeto despeje un espacio mínimo—no una pieza colosal—, en el que
sea posible la dignidad, porque en eso es en lo que consiste la belleza.
El principio es básico, y es que nadie es tan
pobre que no pueda dar una limosna, y ni nadie es tan rico que no la pueda
recibir; toda otra cosa es victimismo cínico o soberbia socarrona, y ninguna de
esas cosas es base suficiente para la experiencia trascendental del arte. Por
eso nadie debe llamarse a engaño, a menos que ya esté engañado en su soberbia, lo
que es en sí una cuestión individual; porque EdItPar no necesitó de nadie para
nacer, ni necesita de nadie para existir y desarrollarse como mejor pueda. En
definitiva, EdItPar retiene en sí el carácter que hasta ahora lo ha sobrepuesto
a toda dificultad en su individualismo; y la prueba está en que hasta hoy,
nadie lo podido desprestigiar en ese sentido de la puridad del criterio y la
propia pretensión de grandeza.
El propósito de EdItPar no es ético, pero su
consistencia es tal que tiene esas repercusiones; exponiendo la vileza y la
manipulación de quienes reclaman para sí el poder de representación sobre la
realidad. En Miami lloran la desaparición de Eduardo Campa y le rinden merecido
culto a Esteban Luis Cárdenas; es curioso que nadie repare en que la
desaparición de Campa era apenas natural, si su vida discurría por los
desaguaderos de la marginalidad más convencional del mundo; la misma que se
celebraba en Cárdenas como una elección de bohemia, que sin embargo ninguno de
sus celebrantes querría para sí. Ese extraño comportamiento llevaría a uno de
esos poetas de la ciudad a preguntarse dónde estaban los intelectuales negros;
no importa que mantuviera la llama del culto a Campa y Cárdenas, porque de lo
que se trataba era de esa convencionalidad en que ambos aceptaban el papel
asignado a su negritud; y que siendo de falsa bohemia, no se atrevía nunca a
escándalo de un valor sistemático que reflejara una intelectualidad real y no
poética.
Contra ese prejuicio se ha mantenido EdItPar en
su distancia, para no caer víctima del solapado racismo; que es criminal,
porque condena a toda persona a estrecharse en esa función accesoria, que les
permite a quienes lo determinan regodearse en sus egos. En eso radica entonces
el valor de EdItPar más allá de su pretensión estética, como una repercusión
moral; en que, apostando por el individuo, se ofrece a sí mismo como espacio de
realización, en el que la trascendencia está condicionada por la dignidad. Por
eso, por su propia naturaleza, EdItPar sigue participando de la realidad, a la
que se aporta a sí mismo como proyecto existencial; pero manteniendo el mismo
parámetro de la dignidad personal y la generosidad, por el que todo lo que
resulte ha de ser bueno porque es entonces real en su misma precariedad.
Tuesday, August 16, 2016
Sierpe de la literatura cubana
Entre las cosas que más se le critican a
Spielberg, sobresale el infantilismo redentor de sus historias; que suelen
terminar en una apoteosis, por la que la mayoría de los involucrados se hace
mejor persona; y en las que también, el antagonista es sobrepasado por la
comicidad de su perversión. Quizás el mejor ejemplo de esto sea el final de El color púrpura, basado en la novela
homónima de Alice Walker; criticado por esa apoteosis final, en que los hijos de
la protagonista aparecen con los colores fastuosos
de sus vestimentas africanas. No se pensó que coincidía en su dramatismo
visual con el comienzo, en que la protagonista disfrutaba de su infancia entre
los girasoles de la Luisiana; de modo que aquel final podía dirigirse a la
redención de la heroína, que finalmente alcanzaba la plenitud, porque era
demasiado idealista.
Igual que El color
púrpura de Spielberg, en Cuba El
viejo espigón de Maité Vera recibiría las mismas críticas; aunque en este
caso no se trataba del idealismo típico de Spielberg sino de la estética del
llamado Realismo socialista, no menos denostado. Es curiosa esa coincidencia,
porque denotaría la intención discursiva de la estética, en la que el nombre sólo
aludiría al propósito y no a la realidad; esa sería la manera un poco retorcida
en que ese llamado realismo socialista era en realidad idealista, como un
lastre que arrastra su referencia filosófica en el Marxismo. El complicadísimo idealismo de Vera sería así
tan eficaz como el franco idealismo de Spielberg, e igual de incomprendido; en
ambos casos la estética es funcional, aunque la filosofía sea fallida, por esa
recurrencia tenaz al imperativo categórico kantiano que determina al idealismo.
Más ineficiente es la pretensión de criticismo elitista del realismo banal, enseñoreándose
en la literatura cubana; que sólo cuando se contrae a ese redentorismo
idealista —por más que mediocre— como en Manuel Cofiño, da argumento suficiente
para un filme. La prueba estaría en los últimos desarrollos de ese criticismo
literario, que explota el filón comercial en producciones mediocres y
repetitivas; lo mismo el Pedro Juan Gutiérrez que fue el primer escritor cubano
en consolidarse económicamente, que el Padura que ha asaltado las palestras del
Coelho brasileño. Incluso, la mediocridad de Gutiérrez y Padura
es en alguna forma populista, y se reduce al uso de fórmulas y oportunismo
político; sin embargo, se basa en el afán elitista que fraccionó a la pretensión
idealista de principios del proceso revolucionario; cuando erigidos en una
inquisición por su intelectualismo, un grupo reclamó el heroísmo de la disidencia
desde Lunes de revolución.
Esto se vería en las pugnas internas que desatara esa facción, que no eran ideológicas sino pandilleras —como
siempre— y en ello arrogantes; sacrificando la línea del cine cubano, en favor
del neorrealismo italiano contra la nueva ola francesa, cuando la facción híper
crítica perdiera la guerra. En ambos casos se habría tratado de eurocentrismo
indígena, desde que la referencia en pugna era francesa o italiana; que es en
lo que residiera la eficacia estética del realismo socialista, como reducción al
bienestar neoburgués del socialismo, en una apertura culturalista y no
racionalista. Sería esa falta de criticismo lo que frustrara
al elitismo intelectual de la literatura socialista, demostrando que sus
pretensiones eran políticas y no estéticas; lo que explicaría el otro fenómeno
en que decae la literatura, al subordinar su capacidad reflexiva a esa pretensión
discursiva en su elitismo; que es en lo que reside la eficacia de Vera —y la de
Spielberg como Cofiño—, porque el criticismo era la reducción racional positiva
en que no se comprende a la realidad.
Bien que un poco retorcida, la eficacia
de Vera, como la de Cofiño y Spielberg, residiría entonces en esa falta de
pretensiones; extrayendo su comprensión por esos vericuetos de la hermenéutica,
en el realismo trascendental del inmanentismo que reflejan; en que apostan al
bienestar neoburgués del socialismo como nueva ontología, tal y como el
sentimentalismo femenino en la poesía modernista. Una apuesta por la
sensibilidad misma, que sería en lo que resida el valor cognitivo del arte; en
tanto reflexión que es así de la realidad, salvando en tanto antropomorfista al
realismo en su conservación práctica. Eso debería explicar el fracaso constante de
aquella facción intelectualista, que se explica en su propio elitismo; no
importa la falacia del poder al que se enfrentaba, que sólo era igual de
pandillera aunque más grosera, y en ello más franca.
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