Friday, June 4, 2021

El problema de Jesús

Primero, el problema de Jesús es relevante, porque es sobre su figura que se va a desarrollar la cultura occidental; cuando además, es la cultura occidental la que va a alcanzar mayor expansión en el mundo, llegando a definirlo en su desarrollo. Segundo, el problema de la historicidad sería irrelevante al respecto, porque su importancia radicaría en su alcance referencial; en el sentido de ser la máxima referencia para la conformación de esta cultura occidental, y la fuente de la mayor parte de sus determinaciones.

Al problema de Jesús se puede aplicar la paradoja de la de Dios, pues en definitiva es una proyección suya; y como en su caso entonces, es que las personas definan su propia existencia por la suya, lo que le otorga consistencia. Es decir, con independencia de que esa existencia de Dios —o de Jesús como Dios— tenga valor propio, ya lo tiene siquiera como convencional; al existir en sí mismo, como una referencia para esa definición existencial de lo humano, y con ello incidir en su determinación de la cultura como realidad.

A partir de ahí, la primera convención es el carácter y la función de Jesús en este sentido referencial suyo; ya que de hecho resuelve la transición del pensamiento, desde el teocentrismo antiguo al androcentrismo moderno. Eso ocurriría como conciliación de los universos teo y andrológico, en las prácticas concretas de conocimiento; que con el desarrollo de la cristología, equipararía lo humano con lo divino en ese alcance referencial; que como propio del valor existencial de la reflexión que provee, terminaría produciendo la apoteosis androcentrista del inmanentismo moderno.

Por tanto, puede decirse que la apoteosis del pensamiento moderno comienza a perfilarse con la patrística; como tradición centrada en la comprensión de la figura de Jesús, reconfigurando con ello la cosmología occidental. Dentro aún de la patrística, el apogeo ocurriría con el planteamiento del cisma arriano antes de su culminación; que ocurriría con San Agustín, continuando esa apoteosis, para la configuración definitiva de esa nueva cosmología.

Como punto de interés, San Agustín consigue esta organización culminante con la incorporación del maniqueísmo; que si bien derrotado políticamente como religión, ofrece al cristianismo el mejoramiento estructural del dualismo platónico; hasta entonces desinteresado de los problemas de la realidad, por su propia naturaleza teocéntrica hasta la otra apoteosis de Plotino; pero ya con un interés andrológico, a partir del neoplatonismo, que organiza esa tradición en un sentido práctico, en la religión.

Es de ahí que el cristianismo adquiere esa filiación idealista, de referencia platónica,  con el dogmatismo agustinita; que en tanto convención, va a establecer las referencias existenciales de la cultura, ya en tanto cristiana. El problema suscitado desde entonces, es la indistinción entre la realidad en cuanto humana y en cuanto tal; y que subsistiría como problema, hasta la falsa solución de Carlos Marx, que la plantea como respectivamente histórica y prehistórica.

Esa solución de Marx es falsa, porque no se ocupa nunca de una comprensión de la realidad en cuanto tal; sino que se dedica por entero a la de la misma en cuanto humana, y por ende restringida a sus determinaciones formales. Eso en principio es natural, ya que él mismo culmina la tradición del Idealismo moderno, luego del absolutismo hegeliano; pero desconoce sus propias intuiciones primeras acerca del carácter indeterminado de la realidad, como lo plantea en su tesis sobre Demócrito y Epicuro.

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En realidad, la misma postulación de la realidad como histórica o prehistórica implica una diferencia formal; que así provee una superposición de estados, que aunque propios de la misma materia se diferencian en sus funciones propias. En este caso, no es lo mismo la trascendencia de la realidad en cuanto tal, que la de la realidad en cuanto humana; como metafísica, la primera proveería el valor inmanente de la realdad en cuanto humana, cuya propia trascendencia sería la histórica.

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El dilema planteado por Arrio es entonces el de la capacidad para comprender el mundo, más allá de la de Jesús; aunque lo haga a través de esta figura de Jesús, como referencia formal primera, por la que ocurre esa reordenación cosmológica. El fanatismo de San Atanasio, como toda fe, respondería a una intuición sobre la paradoja de la trascendencia de lo real; que le es imposible de dilucidar racionalmente, más allá de este carácter intuitivo, por falta de referencias propias, que él mismo va a sentar en su sentido lógico.

A saber, el problema de las naturalezas de Jesús es entonces el de los estados superpuestos de la realidad; que como trascendente, sólo ha venido a comprenderse —y esto muy relativamente— a la altura del siglo XX; con las contradicciones de la mecánica cuántica sobre la física clásica, que en tanto aparentes tienen entonces una consistencia formal. Como problema de la trascendencia, el error es entonces comprenderla unívocamente, como propia de lo real; ya que es ahí donde no se diferencia el valor funcional de la realidad concreta a que se refiere, si es a la misma en cuanto tal o en cuanto humana.


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