El amor es no una experiencia sublime sino dura, como
naturaleza en que te encuentras con los tuyos; no con otros, a quienes puedes
reconocer la existencia, pero que van y vienen, con sus pecados y virtudes. A
diferencia de los otros, los de uno no tienen pecados ni virtudes, sino un
espacio en el que encontrarse con uno; como Nancy Morejón, la segunda mujer más
bella del mundo, una diosa negra fuerte, parada sobre lo real.
El retrato más exacto de Nancy, quizás sea un paneo
casual de aquel mea culpa de Heberto Padilla; en el que arrimada a Rogelio
Martínez Furé, asistía a aquel circo de blancos, al que tendría que sobrevivir.
La exactitud del retrato reside en ese silencio, de mirada asombrada y neutra,
de esfinge que se hace de piedra; porque la realidad le mostraba lo que puede
hacerle a cualquiera, y peor si no tiene escapes, como Padilla.
Desde entonces, mientras la mujer más bella del mundo
reinaba en la periferia, esta se estabilizaba en el centro; consciente de la
cuerda que transitaba, y en la que podía sacrificar la trascendencia —esa
banalidad—, pero vivir. En Cuba, y peor aún en la institucionalidad cultural
cubana, no se puede tener todo, hay que escoger; y quien es negro como Morejón,
sabe que la trascendencia es una ficción banal, sea artística, histórica o
política.
La trascendencia es apenas una condición de la inmanencia,
no otra substancia paralela a esta, y de ahí su futilidad; un lujo que pueden
gastarse los blancos, con esa desidia con que derrochan recursos existenciales.
Ese no es el caso de los negros, ni siquiera en la situación excepcional de
Morejón, en esa estructura de blancos; y a la que aspiraron que muchos de los
que la critican, enceguecidos por las sirenas del trascendentalismo.
A Morejón le critican muchas cosas, pero se le ignoran
las otras que acarrea con un estoicismo heroico; es un blanco fácil, como negra
difícil que no legitima otra cosa que su derecho a vivir. El estoicismo es sin
embargo la poética sublime de los santos, que saben que nunca serán
comprendidos, pero persisten; soportan ofensas que sólo muestran la debilidad
de los ofensores, que les anteponen sublimidades políticas.
Al final, todo ese trascendentalismo no es sino la propia
pretensión de trascendencia, que es imposible; en ese patetismo de estos
trascendentalistas, estrellándose contra su espléndida inmanencia de mujer
poderosa y negra. La Negritud es esa hondura en la que el Ser descansa de esa
grosería de Occidente, aunque sea pasando por mongo; como el negro viejo a la
vera del camino, que sabe todos los senderos que se ocultan, pero sólo te mira
con ojos vidriosos.
Sólo los que aman saben en qué consiste el amor, ese
lenguaje extraño a los extraños, pero no a los propios; y el amor no es sublime
—pero eso ya se dijo— sino duro, como una canción de cuna que un hijo canta a
su tía. El hijo no espera respuesta, sabe que su tía está muda, no sólo por la
edad sino sobre todo por el estoicismo; pero igual su canción de cuna es íntima
y unidireccional, no una ópera en que lucir esas performances de lo político.
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