Ontología cubana, carta de afecto y respeto al Dr. Antonio Torres Zayas
¿Sería
la patria igual de no
haber sido
por la sangre?
¿Sería la misma sin la
música del
Grave corazón de Africa?
Eliseo Diego
Cualquier tradición de ontología es más efectiva si de
origen africano que occidental, por su realismo práctico; que la adecua
constante en su comprensión progresiva de la realidad, antes que en el dogma de
una abstracción. Esto es importante, como determinación hermenéutica de esa
comprensión de lo real, que resuelve como ontología; con una eficiencia que es
existencial, en su determinación a su vez de lo real en cuanto humano, como
cultura.
De ahí el defecto intrínseco de la antropología cubana, en
su comprensión del fenómeno negro en su cultura; como un vicio infligido en su
misma fundación, por ese ascendiente idealista de la burguesía cubana, en su
blancor. El problema viene entonces desde el determinismo político de la
historia en Cuba, no ya con Ortiz sino con Delmonte; condicionando al negro a
su humanismo Ilustrado, con contradicciones como la de Plácido y Manzano
alrededor suyo.
Primero, habría que preguntarse en la estupefacción, quién
es Diego para sancionar esta constancia del negro en Cuba; bien que divino en
su poesía, no está hecha esta de realidad, sino que asienta su belleza en lo
formal, como reflexivo; pero es en ello banal, como toda pretensión humana,
sobre todo cuando trata de sancionar a otro humano. Diego no hace sino expresar
esa dinámica cultural, por la que es el blanco y no el negro es quien habla por
el negro; reteniendo y manejando los recursos para ello, desde aquellos tiempos
del polémico Delmontismo.
La cuestión con esto, es que desconoce la naturaleza
atómica de la sociedad, como proyección propia del individuo; que retiene su
potestad, condicionando lo real a la satisfacción de sus necesidades, efectivas
en lo existencial, no políticas. De hecho, contra un romanticismo africanista,
este es el mismo problema de la tradición religiosa contra la hechicería; como
potestad del individuo, en la sobreposición de sus necesidades —en tanto
existenciales— a las políticas; no sólo en la vigilancia inquisitorial de los
católicos, sino también en la no menos letal de asociaciones como las de
ogbonis.
No obstante, el cimarronaje no es una realidad paralela,
impuesta a la convencional como su trascendencia; ya que como principio —incluso
ontológico— la trascendencia es sólo una condición propia de lo inmanente. Eso
explica la proyección social —y no a la inversa— del individuo, sólo individualista
en su coerción al colectivismo; pero más importante en esta estructura de lo real
como cultura, alimentando el cimarronaje en su falencia inmanencial. En efecto,
el cimarronaje es la vuelta al origen en el caos inicial del Monte, al que se
precipita lo real en su falencia; cuando sus estructuras colapsan en el
Idealismo por su ineficacia política, liberando la humanidad que apresan.
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