Si el tiempo es un efecto de la curva del espacio, entonces su movimiento
adelante no es necesariamente recto; sino que bien puede ser orbital, con una
trayectoria que posible y eventualmente se superponga a sí misma; o que hasta
que se cruce consigo misma, dependiendo otras variables —no descartables por
incomprensibles— en esa curva original. Como principio, eso desplazaría el
problema de la flecha del tiempo, de una visión lineal (vectorial) a una
topológica; aceptando que el tiempo no es una entidad independiente, sino una
dimensión intrínsecamente ligada a la geometría del espacio; de modo que su
flujo queda condicionado por la arquitectura de esa curva en sus variables, no
una consistencia propia.

En la relatividad, los objetos siguen geodésicas, que son las trayectorias
más rectas posibles en un espacio curvo; si el espacio-tiempo tiene una
curvatura intrínseca, lo que se percibe como una línea recta podría ser, a gran
escala, un arco. Si la curva es cerrada, esa flecha del tiempo no apuntaría
hacia el infinito, sino que describe una trayectoria orbital; y si la
trayectoria es orbital, se abren escenarios físicos no clásicos, racionales y
predecibles, sino extraños y flexibles.
Uno de estos sería la Superposición o Recurrencia, en que el tiempo vuelve
a pasar por las mismas coordenadas; no necesariamente como un retorno místico,
sino en una propiedad por la dimensión se cierra sobre sí misma. Otro de estos
sería el cruce (Nodos), en que la curva no es un círculo perfecto sino una
espiral o un nudo complejo; permitiendo que eventos en puntos distantes de la
línea temporal, estén físicamente cerca en el tejido del espacio; permitiendo
transferencias de energía o información —en la dinámica de los gusanos—, sin
recorrer toda la órbita.

Para que esa flecha se cruce o se superponga, necesitaría una configuración
de momentum, que comprima la curva; lo que ya se explora teóricamente, con el
fenómeno de las ilustradoramente llamadas curvas Temporales Cerradas (CTC). El
hecho de que aún no se las haya detectado, no significa que la geometría del
universo no las permita; al menos en escalas que aún resulten incomprensibles,
como las de dimensiones extra, o en condiciones extremas de gravedad.
En esa lógica, la flecha no sería un proyectil en el vacío, sino más bien
un satélite atrapado en la geometría de lo real; encajando el concepto de
entropía en que, si el movimiento es orbital y se superpone, el desorden
tendría que reiniciarse; explicando la transición de la tercera ley o condición
de la termodinámica a la primera, en su misma superposición. Esto significaría
una doble configuración de lo real como momentum, añadiendo singularidad al
fenómeno concreto; ya que se trataría de una doble entropía, no coordinada
(diacrónica) entre sí, afectando la coherencia de este.

Con esa segunda transición de la tercera a la primera condición, se describe una
termodinámica de dos tiempos; como un doble bucle, que explica por qué la
circularidad no rompe la física local, borrando mágicamente la entropía. En la
termodinámica convencional, el camino pasa de la conservación a la disipación, y
de ahí al reposo absoluto; es un viaje de una dirección, que es lo que da la
lógica convencional —como atribución de consistencia— al tiempo. Sin embargo,
una segunda transición de la tercera a la primera condición o ley, obliga al
sistema a reiniciarse; como consecuencia, el proceso entrópico se multiplica,
ya que la energía disipada no se pierde en el ambiente; sino que se utiliza
como el combustible de torsión, forzando a los átomos a reorganizarse en el
caos originario.

Bajo esta lógica la termodinámica ya no es lineal, sino un motor de
combustión temporal, con dos zonas de fricción; la contradicción con la
termodinámica local se disuelve, porque el sistema sí registra el proceso entrópico
efectivo; pero lo registra como una
pérdida de fidelidad en el fenómeno local concreto en que se realiza
fenoménicamente. De hecho, sería por esta continuidad que la realidad es una
estructura en estado de reinicio perpetuo, como dinámica; si de hecho la
energía y la información ni se crean ni se destruyen, sino que son percibidos
como una flecha de tiempo; pero por observadores que participan del fenómeno
mismo, y cuyo valor por tanto es convencional y sin consistencia propia.
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