Sunday, May 23, 2021

El caso Alcántara, exilio y disidencia

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  Sobre el caso Alcántara, ahora las mismas élites que lo dejaron sólo lo esgrimen en interés propio; no es casual que estén mayormente integradas por blancos, siquiera funcionales, ni que lo blandan igual de distantes. Lo usan para deslegitimar el discurso de los movimientos negros norteamericanos, a los que reclaman la solidaridad con el régimen cubano; pero con la misma manipulación que atribuyen al elitismo liberal sobre esos movimientos, como mujeres que se ripian por un zapato nuevo.

El movimiento negro norteamericano tiene sus problemas, tal y como esos exiliados cubanos que los critican; harían mejor en ocuparse cada uno de los suyos, con lo que incluso podrían resolver el otro que los ocupa. En efecto, ese exilio tradicional es el culpable del apoyo de los negros norteamericanos al gobierno cubano; al mantener la marginalidad de los negros cubanos que se atrevan a exhibir cierta independencia de criterio entre ellos, sin plegarse a su favor condicionado.

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El grupo doblemente marginal de los negros exiliados cubanos podrían haber ganado ese ascendiente; que corrigiendo un problema histórico cubano, podría haberse revertido en una solución definitiva para los problemas comunes. En vez de eso, han preferido dedicarse a su propia trascendencia individual, asegurados a la suficiencia moral de su causa; olvidan que como el aché, lo único que hace falta para perderla es tenerla.

Luis Manuel Alcántara no ha muerto aún y ya los carroñeros le circulan, tratando de arrancar la primera tira; tal y como hicieron con Osvaldo Payá y Laura Pollán, que murieron víctimas del gobierno pero también de su soledad. En efecto, si el gobierno cubano fue agresivo y cruel, la disidencia organizada en Cuba no es menos culpable; cuando se destaca una figura capaz de nuclear en la identidad los intereses generales, quedan solos y expuestos a esa impunidad.

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Es una disidencia que clama por la salvación del pueblo, con el mismo distanciamiento del Salvador tradicional; algo que ya el pueblo cubano conoce y ha sufrido lo suficiente, como para mantener la misma distancia. Desgraciadamente los cubanos en general no gustamos de la historia, que tanto podría enseñarnos; como ese cinismo del pueblo, al que constantemente acusan de cobarde y corrupto, como si eso contribuyera en algo.

Primero, es incomprensible esa dialéctica, por la que alguien espera el reconocimiento ofendiendo; pero además, como si no se tratara de una proyección, que la gente real en la vida real puede oler muy bien y a distancia. De ahí esa falta de ascendiente popular, remarcada por la práctica que tienen de dedicarse a prosperar y otorgarse premios entre sí; dejando en la palestra a la gente que tiene que poner la carne de cañón, como siempre ha sido y parece que siempre será.

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El cinismo del pueblo cubano es la misma prudencia que alejara a los negros de la política republicana desde la masacre de 1912; dejando sólo unos pocos creyendo en la ingenuamente en el partido comunista, ahora desembozado como más de lo mismo. Esa desconfianza inicial es la que muy pocas veces se ha tratado de enmendar, con el resultado de esos mártires; que no son sólo víctimas del gobierno, sino (como ya se dijo) de esa soledad de corredor de fondo en que lo dejan.

Ciertamente, nadie tiene el derecho de reclamar lo que no hace por sí mismo, pero al menos sí el de protestar; al menos como reacción ante ese vicio, que se repite las mismas determinaciones del estancamiento. El revival de la disidencia lo trajo el Movimiento San Isidro, colgado de la marginalidad de sus miembros; no del deseo aparente de integrar las filas institucionales, da lo mismo si oficiales que disidentes, sino en la espontaneidad.

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Es por eso por lo que, no más emigran (sobre lo que no diré nada) caen en los grupos depredadores del exilio cultural; que los toma como token, para exhibir su diversidad condicionada, mientras cobran sus propias subvenciones gubernamentales. Sobre eso mismo, todos esgrimen la necesidad de la subvención, sin dares cuenta de que por ahí mismo entra la fuerza que los corrompe; no sólo por la conseja bíblica de los dos patrones, en que uno roba la atención y el esfuerzo del otro.


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