Wednesday, March 30, 2022

kontoria kuako! ¡kunankuako! ¡kumanguako! -II

Mi padre, Manuel Granados, fue un paria, pero no comprendió la naturaleza grandiosa de esa condición; y al final tuvo una buena muerte, cumpliendo incluso el sueño convencional y tristemente feliz  de conocer París. Ese cumplimiento triste es la prueba de que no comprendió la naturaleza mayor —más feliz aún— de ser un paria; contrario a mi madre, Georgina Herrera, que atravesó todas las convenciones para esperar un sorprendente final en el exilio. Probablemente sea el carácter más convencional de mi madre, lo que me permite a mí comprender esta naturaleza; bien que sobre los hombros cansados de mi padre, pero con la dirección tenaz del brazo de mi madre, el panteón que la guiaba.

Es extraño y paradójico, pero como la vida misma al fin y al cabo, que se complace en estas combinaciones imposibles; dando forma a su propia extensión, no en las ramas más fuertes —que son quebradizas— sino en la debilidad, que la obliga a la creación. No de otro modo se explica la confluencia de esos sentidos, no ya contradictorios sino absolutamente contrarios; que son mis padres en un silogismo imposible, tan disímiles que se complementan en la contradicción.

Ese es el valor de Georgina Herrera, y la explicación perfecta de su poesía, como una sistematización madura y suficiente; en que incluso si debe existir en medio de la dotación, deja patente que es el cepo del mayoral lo que la retiene, no la voluntad. Al fin, el cepo del mayoral es ese alud de convenciones, que sólo puede superar un pragmatismo minucioso; en un país en el que la individualidad no existe, maniatada en su utilidad y dependencia del favor gubernamental.

Eso es más grave y escandaloso aún en la precariedad de su élite intelectual, doblemente precaria en el caso negro; sujeto a una fidelidad forzosa, que sabe del chasquido del látigo, y no duda en mayorear a otros negros para rehuir el furor del amo. Eso es lo que se entiende, cuando es esa intelectualidad y activismo negros los que te recuerdan la condición de paria; de la que por fin puedes comprender la naturaleza gloriosa, como una vindicación justa de tu dignidad personal.

Cuando Georgina hace su elogio grande de sí misma(Ver), viola la suprema convención que la confina a la modestia; no importa si con eso le reimponen el cepo —haciendo de su protesta un discurso—, porque la libertad está en la afirmación misma. Sólo el sueño del amo puede aventurarse a esa ficción del poder, que cree reducir al esclavo con su discurso de suprematismo moral; al final no entiende la ofensa con que este le responde en su propia lengua, arrobado con su propia su arrogancia.

Quien sí la entiende es el contra mayoral, que ni el cinismo tiene a su favor de tanta precariedad e indignidad; viendo cómo el espejo le devuelve las acusaciones con que denunció, y lo despoja de todo respeto ante quien único debió tenerla, que era él mismo. La Sociedad Aponte de la UNEAC, por ejemplo, es un cabildo —no un palenque— mayoreado por blancos y contra mayorales negros; en medio del cual, Georgina Herrera postulo ese elogio grande de sí misma, dibujando el círculo de tiza al que se recluía en libertad.

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No será la primera vez que pasa, fueron los cabildos y no los palenques los que integraron la cultura nacional; explicando esa posición subordinada, que luego atribuyeron a la inteligencia emergente, acusándola de indignidad. No hay dudas de que la Sociedad Aponte tiene un futuro propio, pero sobre ese presente de colaboracionismo; que podrá organizar estos referentes hermenéuticos con su propio alcance instrumental, pero sólo entonces, como renacimiento.

Ahí volverá esplender Georgina, con este valor establecido en su poética, como reflexión de suyo universal; y que funcionarios como Roberto Zurbano o Alberto Abreu limiten semejante trascendencia al valor retórico del discurso, sólo ilustra los límites funcionales de ellos. Ese nivel de consistencia no podía comprenderlo mi padre, porque su isolación total le negó toda referencia; y esta sería la razón de que mi madre pudiera reflexionar esta consistencia, para que yo pudiera comprender así esta naturaleza extraña de la libertad.


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