Tuesday, October 28, 2014

El nombre de Morfeo

Todas las religiones del mundo han atribuido significados premonitorios a los sueños, incluido el purismo moralista de los cristianos; y en oposición directa, como corresponde, el pensamiento científico ha negado también tradicionalmente esta atribución. La verdad seguro está en algún lugar entre estos extremos, como suele ser lo propio, si se tiene en cuenta que el pensamiento científico es de suyo un comportamiento religioso y confesional; en el que la Razón es un convenio funcional que sustituye al de Dios hasta en la negación del mismo, como en todas las religiones que en el mundo han sido. No obstante, dada la naturaleza mítica del pensamiento religioso, conviene acercarse a la materia de los sueños a través de la ciencia; toda vez que (¡hey!) esta se basa en hechos rigurosamente comprobables, no importa si a partir de los mismos desarrolla un mito; contrario a las tradiciones religiosas, menos exigentes con esa factualidad de los hechos en que se basa, desde que incluso su objetivo y alcance es distinto del científico.

En todo caso, ya se ha aceptado que el cerebro —sede del pensamiento, no importa si religioso o científico— trabaja incluso en esos estados de inconciencia propios del sueño; como un administrador robótico, que pone en orden el alud de información recibido durante el día, de modo aún inconsciente. Esto último se referiría a la información periférica que se recibe, en relación con el objeto de atención o independiente del mismo; y que almacenada como memoria, su valor periférico quedaría desplazada a la subconsciencia, pero sin perder valor como referente activo. En un proceso puramente mecánico, sin tocar aún un aspecto espiritual, el cerebro necesitaría la creación de nuevas sinapsis para organizar ese pensamiento; lo que haría organizándolo en una narrativa lógica, pero donde la lógica —aún si aún aparente— no la proporcionaría la subjetividad de la conciencia, sino la otra subjetividad —un poco menor— de la propia secuencia de sucesos que se organiza. Eso explicaría la (todavía) aparente objetividad del pensamiento subconsciente, apelando a la lógica propia de los sucesos; sometida aún a una comprensión subjetiva, en tanto esa lógica tampoco sería real y propia de los mismos sino dependiente del marco cognitivo y referencial propio del sujeto, aún si aún inconsciente.

La narrativa resultante de esta organización sin dudas espontánea es un sentido, también sin dudas más objetivo y probable que el de la comprensión consciente; explicando con ello la otra virtud, parcialmente aceptada por la ciencia, de que el cerebro procesa esa información para ofrecer soluciones a problemas actuales basado en la memoria. Esto aún entroncaría con un aspecto espiritual, si se tiene en cuenta que el espíritu es un principio activo por el que se organiza la naturaleza; resultando así en una especie o subnaturaleza con carácter singular, basado en la peculiaridad de sus funciones; que en el caso humano sería la re-determinación inteligente de sus actos, determinados en principio en compulsiones instintivas… aún si todavía aún de origen cultural, dado que la cultura es ya esa (otra) naturaleza.

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No habrá que olvidar nunca que el nombre de Morfeo significa Forma —así sin más—, en un mundo no opuesto a la ciencia en que los dioses serían la simple conceptuación de los principios activos en que se determinaría la realidad; esto es, fenómenos que en tanto metafísicos tienen una naturaleza paralela a la ciencia, nunca en relación con la misma, no importa el mito del dogmatismo científico de que la metafísica es un nombre casual con que se clasificó algunos libros de Aristóteles. Sabemos que ni siquiera el dogmatismo es errado, pero que consiste en la absolutización de su propia convención mítica; como esa de la ciencia, que a pesar de que puede explicar las cosas se muestra renuente a ello, como si fuera un sacerdote egipcio celoso del poder que detenta.

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