Sunday, November 14, 2021

Las polacas

En un razonamiento extrañamente lógico, ya no tiene mucho sentido hacer la reseña de una buena película; incluso las medianamente decentes son ya una mera justificación para el lucimiento del atajo de críticos de internet y sus lugares comunes. Otra cosa es una mala película, o una que siendo medianamente decente no se deja ver, y exige la explicación de esa paradoja; porque no hay convencionalidad que rebaje semejante agudeza de criterio, y este puede exhibirse en su propia gloria y funcionalidad.

Por eso Las polacas se presta a la crítica en su decencia, a pesar incluso de la magnífica fotografía que la descalificaría; porque —al menos en ese sentido— va llenando el vacío de la tradición de cine cubano y la sequedad de su realismo. En efecto, la tradición de cine cubano no puede remontarse a un ascendiente popular, como el de la época de oro del mexicano; bajo cuya influencia —y la del argentino— nacía antes del triunfo revolucionario de 1959 y su renovación institucional. Es por eso que el cine cubano nace en las pretensiones intelectuales de una élite, y no de las tensiones económicas de su realidad; de ahí la disfuncionalidad de ese realismo, que perdía la eficacia de todo realismo en el afán ideológico.

De ahí que ese cine contara con magníficos fotógrafos pero poca fotografía, porque esta se subordinaba al discurso; y eso quería decir que no caía en otros florilegios ni recreaciones que las que exigiera la sobriedad de ese discurso. Otra cosa era el cine soviético, cuya tradición —que excedía incluso la de su cine— lograba ese peso específico y propio; del que naturalmente carecía la falta de tradición del cine cubano, que apenas balbucía aunque en maravillosas coproducciones.

Volviendo al tema, Las polacas consigue un pequeño paso, que será gigante en el de la cinematografía cubana; porque partiendo de una función mínima, consigue recrearse y establecerse como otro valor por sí misma. Fuera de eso, el filme padece el problema endémico al cine cubano ya desde su misma institucionalización revolucionaria; que es el de la deshumanización de dramas y personajes, en función de la aparente conflictividad de lo político, como falso humanismo.

Primero, el problema con esto es que resta universalidad al problema en sus alcances, haciéndolo frívolo y banal; pues más allá de los problemas familiares, lo que se debate es el sentido o sin sentido que los determina. El otro problema con eso es una continuación de ese mismo, pues lo reduce todo a ese sentido o sin sentido de lo cubano; así la nación y su cultura ya dejan de reflejar lo humano para reflejarse a sí mismas, sin contar el absurdo de semejante pretensión.

Ver artículo
Algo que era natural como propio del estilo, aquí se repite en el cliché con que ese cine pierde hasta su poca madurez; la cultura nacional ya no es una mujer sensual (Mirta Ibarra) sino dos mujeres enfrentadas por ese conflicto político. Sería maravilloso hasta como cliché, pero si fuera real, como no lo es, porque es otro manierismo intelectualista; lo demuestra la falsedad de los parlamentos, dirigidos a provocar la catarsis inmediata y fácil, en un guion que así sólo aparenta la excelencia.

Eso se agrava con las actuaciones, a pesar de ser de dos magníficas actrices, que poco aportan aparte del lazo familiar; por un lado, es cierto que Tahimí Alvariño provee el hálito de color y vulgaridad que siempre faltó a Coralia Veloz; quien con mucha mayor densidad dramática, consigue atenuar el exceso teatral de Alvariño con su grisura habitual. Una relación tan compleja, queda desaprovechada ante el guiño fácil de que son madre e hija, para un público que las conoce; y eso consigue descarrilar hasta el recurso hasta entonces idescarrilable del road movie, como motivo para que una familia ventile sus fantasmas.

La Pietá de Ernesto Daranas, ver artículo
Está claro que la película es un cliché bien armado, que no consigue justificar semejante derroche de recursos; desde la fotografía decente, colgada de la intrascendencia del filme, hasta el talento indiscutible del director. Hay buen cine cubano después de la pérdida de la hegemonía del ICAIC en Cuba, pero basado en una humanidad real; no en la abstracción ideológica de sus conflictos políticos, sino del drama real de sus contradicciones sociales, sin espacio para la teoría. Ese no es el caso de este filme, que consigue así destacarse y merecer una mirada crítica, que trate de desviarle la suya de su propio ombligo; que no por artístico deja de ser un ombligo, y con ello una reducción evitable del alcance de toda realidad.

Tuesday, October 26, 2021

Orfeo negro como explicación del fracaso existencial de la negritud como fenómeno político

 Orfeo negro no es sólo una introducción de Jean Paul Sartre a la antología de poesía negra y malgache de Sedar Senghor; también es, en ello mismo, el muestrario ejemplar de los yerros de Occidente en su comprensión del negro; y también en ello mismo, cómo sigue Occidente determinando esta percepción del negro sobre sí, subordinándolo a su propio sentido. Se trata por tanto de una perpetuación ideológica de los mismos principios que sustentan al racismo occidental, incluso en su eurocentrismo; una contradicción que se hace apoteósica, cuando el mismo Sartre explica cómo esto hace de la poesía en lengua francesa la única verdaderamente revolucionaria.

Contradictoriamente —sobre esa contradicción— no está equivocado en principio, pero desconoce la raíz del problema; y el error nace con la misma pretensión de que Sartre prologue esta antología, en busca de su legitimación. Es en esta búsqueda que el negro vuelve a someterse a Occidente, y hace de todo el fenómeno de la negritud una mascarada; agitando pancartas de la libertad, pero como se exhibían las mandíbulas de los negros en los mercados, esta vez intelectuales en vez de comerciales.

Respecto a ese carácter revolucionario de la poesía en lengua francesa, es excesivo pero apunta a su origen; que siendo cultural es de todo el desarrollo ideológico de Occidente, florecido en el inmanentismo moderno; que nacido en la crítica cartesiana al trascendentalismo antiguo, vuelve a contraerse en ese sentido que adquiere a partir del humanismo. De ese modo, la cultura moderna es tan trascendentalista como la antigua, luego del impase del inmano trascendentalismo cristiano; pero aunque ahora —y ahí está la vuelta del desarrollo dialéctico— como trascendentalismo histórico, que no es menos determinista y absoluto.

De todas formas, significa un acercamiento —como contracción— a la conciliación de las contradicciones hermenéuticas primeras; con una comprensión paulatina del valor inmano trascendente de la realidad en cuanto humana, como un desarrollo comenzado por el idealismo trascendental kantiano. Esta es en ello la contradicción primera, que explica la incomprensión moderna de los problemas del individuo; sujetándolo a las necesidades políticas de la sociedad, no menos supuestas —en tanto morales— que las religiosas.

Asombrosamente, Orfeo negro actualiza el proceso de capitalización, que ya va de comercial a intelectual; como mismo antes fue de militar a comercial, sin que eso cambiara el autoritarismo de la estructura básica de la sociedad. Eso lo demostraron los regímenes socialistas, y desde su nombre el prólogo sujeta la interpretación de esa poesía a la tradición estética occidental; que es como opera esta actualización, en tanto hermenéutica, de las determinaciones ontológicas del Ser.

El mismo mito del que parte la figura es un mito fundacional de esa hermenéutica, en su estado más primario; que contrario al de la tradición semítica —como grecolatino— explica la humanidad en su trascendencia, pero en la fatalidad del humanismo. En el mito semita, la tradición judía corrige el original, y consigue la transición a la cultura como realidad; al sujetar a la naturaleza de lo femenino (Eva), excluyendo su sentido de la libertad (Lilit) a sus necesidades políticas.

El mito grecolatino no es político sino existencial, porque su institucionalidad religiosa carecía de ese poder; es a este sentido al que aspira la poética negra, incluso como interpretación de la experiencia existencial de la negritud. Como defecto, tiende al mismo fatalismo de la dialéctica hegeliana, que no por gusto se funda en Platón; de ahí el determinismo absoluto, que la compromete con el valor políticamente institucional de la revolución moderna. No obstante, es una explicación —en los mismos términos de Occidente— de los problemas antropológicos de la cultura; en la que el negro ofrece esta posibilidad de redención, incluso en esos términos que le ofrece su concepción peculiar de la humanidad.

El problema con Sartre es que niega este reordenamiento ontológico, subordinándolo al determinismo político; con el mismo sentido de trascendencia absoluta tradicional, aunque ahora aplicado a la historia como realidad. De ahí que Sartre reproduzca los mismos principios del racismo occidental, apropiándose del problema racial; que subordinado a las supuestas necesidades políticas de la sociedad moderna, vuelve a ser la fuerza como su capital; esta vez en ese sentido ideológico, elaborado por las élites intelectuales, en función —originalmente propia de la subestructura religiosa— de justificar una realidad como trascendente, por su valor revolucionario.

La negritud, en cambio habría tenido un valor propio, incluso en ese mismo sentido de contradicción hermenéutica; sólo que también habría fracasado, en esta subordinación de su poética a la pretensión política del intelectualismo moderno. Por eso, como Orfeo, fracasa en su destino de realización, y deviene en una evolución truncada, incapaz de superar sus dificultades; el placer de Eurídice, como su propia realidad, se esfuma por esa prisa con que aspira a la legitimación convencional, con la mediación de Sartre.

Las ménades, serán la compulsión potestativa de la misma individualidad, en busca de realización; y se vuelven contra él, irritadas por esa incapacidad de vivir la frustración, que incluso fuera él mismo quien buscó. Orfeo negro descendió a la iridiscencia de Proserpina, que brillaba en la inteligencia de Sartre como reina; pero su propia naturaleza le hizo exceder las rigidez del mandato divino, y muere en esta contradicción, a mano de sí mismo como esas ménades.


Tuesday, October 19, 2021

De la cuestión judía como la negra y de toda minoría

Ver en YouTube
Respecto al problema judío, Marx tiene razón al tratarlo como un problema burgués, en tanto propio de la burguesía; ya que es sólo en este estrato que se daría esta contradicción del origen racial, como toda otra forma de discriminación. El problema es que la sociedad burguesa es el estado propio al que tiende la cultura, como orden antropológico; en tanto es la que provee las relaciones subestructurales, para la potenciación de la individualidad, en el ordenamiento constante de las relaciones políticas.

Esto debe entenderse desde una contracción del concepto sobre el capitalismo, al sentido original de industrialismo; ya que el de capitalismo es de valor absolutamente conceptual y no práctico, que responde a una determinación moral y no económica. En ese sentido, la economía en su valor antropológico siempre habría sido capitalista, porque el capital es sólo la fuerza que potencia la realidad; y es este capital el que había evolucionado con la cultura, desde la fuerza bruta del primate a la militar del feudalismo; para transmutarse finalmente en la de la producción industrial y el dinero como su extensión, con el industrialismo moderno.

Leer artículo
A partir de ahí, el valor del industrialismo residiría en su asignación de la fuerza necesaria como potencia; desde su forma original en la naturaleza, ahora en una representación convencional, que permite su reproducción artificial. Con esto, como relación económica —en el sentido original del concepto de economía—, alcanza ese poder de determinación; que es ya de la sociedad moderna, resuelta como realidad de valor estrictamente humano en la cultura, y no en cuanto tal.

Ver en Kindle
Es lógico entonces que, el orden de discriminación en que se ha organizado la sociedad, entre en crisis con esta apoteosis; exacerbado por el poder adquirido por cada uno de estos elementos, críticamente relacionados entre sí por respectivos intereses. Sería en este punto que se de el exceso, propio de la tradición idealista, al centrarse en la sociedad como objeto; que entrará en contradicción directa —respecto a sus intereses— con los del individuo, en tanto distinto y sobrepuesto a este; pero sin tener en cuenta el carácter potestativo de este individuo, en el condicionamiento a sus propios intereses de su integración del cuerpo social.

Entre los problemas y contradicciones propios de esta apoteosis, estaría entonces este de las minorías —que son siempre relativas— y su discriminación; que sin embargo, tampoco debe simplificarse, pues aquí Marx apunta a una contradicción fundamental, como el principio mismo de su humanidad; que es el que determina y sostiene a todas las contradicciones políticas como de clase, por su valor económico. En este sentido, ni la cuestión judía ni la negra —ni ninguna otra— se va a resolver independiente de su naturaleza humana; que es la que en definitiva produce la contradicción, al centrarse en el capital y no en el ser humano como objeto último de la sociedad.

Esto incluso explica el carácter moral del concepto marxista de capitalismo, como distorsión del original de industrialismo; distorsionando ya todo el espectro hermenéutico de la filosofía política moderna, con esa suerte de puritanismo. Al margen de esto, el error de Marx es creer que la perspectiva puede ser determinada política y no existencialmente; es decir, obedeciendo al determinismo político de la estructura social, en vez de apelando a la potestad individual, que es económica.

Como ya se habría visto, este error es lógico, y proviene de la tradición idealista, de Kant a Hegel, aún si trascendental; es decir, aún si ya modifica el inmanentismo absoluto de Descartes, con una adecuación desde la tradición realista. Aun así, esta adecuación se limita a la comprensión de la sociedad como naturaleza, a la que subordina la voluntad individual; desconociendo que el carácter antropológico de este objeto lo hace todavía abstracto y convencionalmente inmanentista, no inmano trascendente.

Por eso, la cuestión judía como la negra —y de cualquier minoría— sólo puede resolverse en su propia suficiencia; ascendiendo a una individualidad plena y suficiente, en tanto dependiente de la conciencia del Ser sobre sí; que nunca es de clase, ya que es facultativa y en ello propia del individuo, incluso si sólo se realiza inmediatamente como social. De ahí que la propuesta marxista lol reduce todo a una contradicción de clase, cuyo carácter abstracto impide la resolución individual; frustrando de continuo el proceso, al encerrarlo en la burbuja hermenéutica de ese determinismo, incapaz de sobreponerse a la contradicción de su propia naturaleza.


  ©Template by Dicas Blogger.

TOPO