Saturday, September 26, 2026

Del arte popular en tanto popular, y su naturaleza y función tecnológica

En la perspectiva del Realismo Trascendental todo es físico en sí mismo, difiriendo sólo en su grado de positividad; que va de infrapositivo a nivel cuántico, a extrapositivo, en las determinaciones estrictamente formales de la cultura. Por eso, en esa perspectiva no existen comodines metafísicos, ni siquiera en la ambigüedad del intelecto como espíritu; con lo que desaparece la especialización intelectual, que funge como esa determinación política de lo real.

La cultura no necesita entonces al intelectual para su reflexión de lo real, porque produce esa reflexión en su práctica; es el intelectual el que necesita separar su reflexión de esa praxis, para constituirse como clase, en su especialización. Es este monopolio lo que ha roto la revolución digital, rompiendo el mercado del arte en su institucionalidad; no como regreso a un paraíso de la cultura en lo popular, pero sí la reconformación de su naturaleza potestativa.

En este sentido, se trata de que esta praxis recupera su potestad original sobre la reflexión, en tanto popular; haciendo que vuelva a ser existencial antes que política, independiente de la pretensión de sus individuos; porque lo importante es que la producción de arte excedió la especialización, que es lo que lo determinaba políticamente. Popular no significa en esto tradicionalista ni arcaizante, sino la praxis como instancia de producción legítima y suficiente; mientras que la reflexión intelectualmente especializada se atenía a la red institucional, que es de valor político.

Ese era el problema de la autoridad del mercado, dada como convención de esa red institucional que lo regía; difiriendo del mercado mismo por la especialidad de sus propios intereses, ya de clase y en ello políticos. Cuando esa especialización se excede, la reflexión recupera su dimensión existencial, que proviene de la praxis; ya no se requiere la legitimidad convencional, y se desplaza el objeto desde la ora a su sentido, que es siempre práctico.

No hay que equivocarse, la praxis no recupera una capacidad que hubiera perdido, sino la potestad de esa capacidad; que sería lo que ha sido restringido desde la apoteosis moderna, con el elitismo intelectualista del idealismo. Por eso, este arte es indiferente también a las pretensiones individuales que lo producen, en su propia suficiencia; es la cultura lo que ya no necesita de esa pretensión individual, como condición de acceso a la producción de arte.

En todo esto, por ejemplo, la llamada Inteligencia Artificial (IA) es sólo un mecanismo que facilita esa reconformación; eliminando el cuello de botella de la hiper especialidad industrial del arte moderno, con la inmediatez de las redes. La inteligencia Artificial, con el contexto de las redes en que surge, viabiliza la reflexión de las personas individuales; que así se reorganiza funcionalmente, como las tradiciones del arte clásico y antiguo, siempre por su sentido.

La revolución no consiste entonces en que cualquiera pueda convertirse en Shakespeare, con su relevancia histórica; eso sería volver a medir la cultura según la especialización, que es precisamente lo que está siendo excedido. Consiste en algo mucho más elemental, en que la capacidad de producir sentido vuelva a ser propia de la praxis; que reflexiona sobre problemas reales y prácticos, no abstractos y políticos, de falsa trascendencia en el trascendentalismo.

Como nueva crítica a la dupla de Tempels y Senghor, esto hace que el arte vuelva a tratarse de sentido, no sensibilidad; no el cliché de una especialidad africana, sino una propiedad de la cultura en tanto praxis, de valor existencial. Esto es importante, porque Senghor tiene una intuición valiosa, en el arte como reflexión de lo real, por su sentido; pero justo por su propiedad formal y no el conceptualismo estético, por el que acude a la ontología errónea de Tempels.

De este modo, el sentido no pertenece a una sensibilidad africana particular sino a la cultura, porque esta es praxis; y toda praxis organiza relaciones con lo real, produciendo sentido, aunque nunca lo formule como teoría del sentido. En cierto modo, esto valida entonces la crítica de Franz Fanon a la Negritud de Senghor, pero adecuándolo también; porque la cultura —como praxis existencial— no es su expresión en el folklore, sino la función ontológica de lo real mismo.

Seja o primeiro a comentar

  ©Template by Dicas Blogger.

TOPO